martes, 16 de abril de 2013

RECUERDOS DEL BARRIO SAN MARTÍN

"Cuando uno extraña un lugar,
lo que realmente extraña es la
época que corresponde a ese lugar;
no se extrañan los sitios, sino los 
tiempos" Jorge Luis Borges

INTRODUCCIÓN

Al contar mis memorias, no tengo otra finalidad que relatar hechos ocurridos en mi querido Barrio San Martín, desde que tengo uso de razón (si es que alguna vez la tuve) De manera que no voy a contarles “mi vida”, sino simplemente recordar a aquellas personas que dejaron en mi memoria el más grato recuerdo de mi infancia y gran parte de mi adolescencia. A ellos, con los que compartí momentos que marcaron mi vida, con todo mi afecto.

Comenzaré en la década del 50, para luego ir avanzando lentamente a medida que mi memoria recuerde los acontecimientos... Hay que tener en cuenta que pasaron muchos años y que tal vez preserve en mi memoria los hechos tal cual los captó mi mente infantil. 

Calma

En ese tiempo el barrio era un oasis; mañanas silenciosas y apacibles; prácticamente no había tráfico, salvo el carro del lechero, panadero o verdulero, que ofrecía su mercancía a domicilio y se percibían los aromas de las verduras frescas, recién cosechadas. Entre ellos recuerdo a don Medei y a don Ponce. Bien entrada la noche, especialmente en invierno, era muy común escuchar el chifle de la policía que patrullaba el barrio, estaban de rondín, y se comunicaban entre uno y otro en clave. Uno avanzaba por calle Estados Unidos (hoy Presidente Perón)  y el otro por Chile hacia la ruta 8 y regresaban por Uruguay e Inglaterra (hoy 2 de abril).

La Alem siempre fue una avenida muy ancha,  por lo que  existe una brecha amplia entre la línea de edificación y el cordón cuneta, lo que en aquellos tiempos era mucho mayor por cuanto no había pavimento y no existía el cantero central.

El alboroto comenzaba a eso de la una de la tarde, cuando todos los pibes nos juntábamos en la esquina de la canchita de fútbol que armamos en el baldío de Alem y Uruguay. Pero esa reunión duraba hasta las dos menos diez, horario en que el galpón de máquinas del ferrocarril hacía sonar su silbato anunciando que faltaban diez minutos para comenzar a trabajar. En ese momento la tertulia se diluía hasta la tardecita, oportunidad en la que volvíamos a reunirnos para jugar al fútbol.  Esos eran los únicos momentos en que se oían voces y ruidos, salvo los que se originaban de vez en cuando en el conventillo de los “Maderna”, donde algún empeludado podía alterar la quietud siestera.  Pero eso acontecía más asiduamente en horas nocturnas.

Inmigración tardía, avalancha tana

En la década del 50 llegó una tracalada de italianos que se afincó en nuestro barrio. La primera casa que se construyó en el baldío que había en la esquina sur de Alem y Chile, (donde hoy está la despensa Cañón) fue la de don Augusto Galassi. En esa esquina vivían don Juseppe y doña Albina, en un ranchito rodeado de verduras y legumbres. La familia de don Augusto Galassi, de profesión carpintero, estaba compuesta por el matrimonio y su hijo: Nino, con quien todos los pibes del barrio queríamos entablar amistad por su exótico acento italiano. Nos resultaba divertido y agradable escucharlo hablar.

Años más tarde el matrimonio Galassi tuvo una hija: Rossana, que contrajo matrimonio con Walter Amaya, hijo del recordado periodista del diario “El Alba”, famoso por tener la página “Diciendo Cosas” de chimentos  variados, que todos esperábamos con ansias para enterarnos de los entretelones políticos de la naciente democracia de 1983.

Los Galassi se integraron muy pronto a la comunidad barrial y mi viejo (que siempre andaba haciendo trabajos de carpintería) entabló una buena relación con don Augusto, que como queda explícito, fue una persona muy apreciada en todo el barrio. Hago esta acotación por lo que relataré más adelante.

Don Augusto compró un terreno en calle 3 de febrero al 340 y construyó un galpón donde instaló su carpintería. Años más tarde Teodoro Sarrias, lustrador de muebles, compró el inmueble. Don Augusto era muy buen carpintero.

En la década del 80, todavía continuaba haciendo trabajos menores de carpintería. Hay unas fotografías  antiguas en el Concejo Municipal (no sé si existirán todavía) cuyos marcos fueron fabricados por él, por encargo de su hijo que había revelado en color sepia, fotografías antiguas que habíamos tomado de los archivos, más otras aportadas por Rodolfo “Cacho” Delahanty.

Nino Galassi comenzó a trabajar en el estudio fotográfico de Eduardo Valcovik, más conocido por “Foto Edo” de calle San Martín entre Roca e Iturraspe, donde aprendió el arte fotográfico junto a Rosales que se encargaba de los revelados. Cuando Valcovik se fue a vivir a Cosquín (Cba), le vendió el estudio a sus empleados quienes posteriormente se instalaron en calle Mitre, casi San Martín.

Nino contrajo matrimonio con María Angélica Pagella. Inesperadamente falleció muy joven. No creo que haya tenido más de 50 años. Unos años después falleció Rosales y el tradicional estudio fotográfico “Edo” cerró sus puertas definitivamente.

Cada dos por tres se iban sumando más inmigrantes italianos al barrio, que eran bien recibidos por toda la vecindad. Un día llegó un tano con su mujer e hijo, que en Italia era vecino Galassi. Cuando llegó fue a lo de su amigo en busca de trabajo, y  Don Galassi, condescendiente con su paisano, lo empleó en la carpintería y fue garante del alquiler de la casa donde se instaló.

La casa que alquiló era propiedad del señor Moreno y está ubicada sobre avenida Alem, entre Chile y Uruguay. Esa casa originariamente perteneció a don Juan Pérez, un hombre huraño que la construyó en el baldío de un conventillo que fue derrumbado en la década del 50. Moreno compró la casa cuando vino a vivir Venado Tuerto procedente de San Eduardo. Apenas logró habitarla, cuando le ofrecieron trabajo en la estancia San Marcos, entonces la alquiló con la solvente garantía de don Augusto Galassi.

El tano, de apellido Murattore, era una persona joven, pero mucho más lo era su esposa. Una hermosa morocha natural de Cerdeña que vestía prendas de colores vivos y unos aros muy grandes que le daban el aspecto más de española que de  italiana; aunque tengo entendido que  los Sardos son más bien morenos. Sea como fuere, la mujer era muy atractiva y había alborotado a los muchachos del barrio.

Un hecho anecdótico que recuerdo con nitidez sucedió en el invierno del año 1958,  a eso de las 9 de la mañana cuando observé desde mi casa, que el niño de los Murattore estaba castigando con una rama las patas traseras de uno de los tres caballos que pastaban en la vereda (algo muy normal entonces).  El animal lanzó una estocada, pero debido a la proximidad del niño, no alcanzó a golpearlo, más bien lo calzó y despidió hacia atrás. Desesperado por lo que acababa de ver, salí corriendo a la calle, pero la madre ya lo había rescatado. Como la mujer entró apresurada a la casa, no pude saber si el niño fue lastimado.
  
Lo que más nos llamó la atención, era que la pareja empilchaba de primera. Todas las tardes salían con una enorme valija. Al principio creíamos que se iban de viaje, pero al día siguiente nuevamente estaban los dos paraditos en la esquina esperando el colectivo urbano, cual si fueran  muñequitos de una torta de bodas. Esta escena era tan cotidiana que nadie le prestaba atención.

Pero un día, estando en Alem y Uruguay con su enorme valija a cuestas, sucedió un gag digno de una comedia italiana. Fue cuando entró en escena Ricardo Marenghini con su auto-parlante haciendo propaganda para la película “Un condenado a muerte se ha escapado”  que se estrenaba en el Cine Ópera. El show montado consistía en que, mientras el locutor anunciaba el estreno cinematográfico, a unos cincuenta metros más adelante, iba corriendo el émulo de un presidiario vestido con traje a rayas y una cuchara en su mano derecha, mientras dos policías con ametralladoras iban trepados en los estribos del coche de Marenghini, haciendo sonar una estridente sirena. Era una parodia de la película.

Cuando el comediante en su alocada carrera llegó adonde estaba la pareja, se arrojó sobre la valija y la aplastó totalmente. Desconcertados, los gringos se calentaron y empezaron a los gritos tratando de sacárselo de encima. Rápidamente el simulador se puso de pie y continuó su fuga, en tanto los tanos a las puteadas, trataban de reacomodar el desastre. Enseguida llegó el colectivo y partieron al centro.  

Pasado un tiempo, se comenzó a notar la ausencia de los Murattore. El primer sorprendido fue don Galassi.  Una mañana llegó a nuestra casa para preguntarnos si habíamos visto últimamente a los Murattore, porque hacía más de una semana que el hombre no se presentaba a trabajar. En la casa no había señales de vida y en el hospital o sanatorios de la ciudad no había noticias de internados con ese nombre. Así transcurrió otra semana, mientras los yuyos del jardín comenzaron a reflejar el abandono de la casa, cuyo propietario vivía en el campo y no era posible comunicarse con él.

Más tarde apareció Enrique Ganhem, uno de los hijos del propietario de la “Tienda París”, ubicada en calle San Martín, al lado del Banco Provincia, preguntando por los Murattore. Quería saber dónde podía encontrarlos. Si bien  todo el barrio los conocía, nadie sabía de su paradero. Fue entonces cuando el comerciante -sospechando lo peor- se lamentó,  porque  los gringos habían comprado sábanas y mantelería a granel con la promesa de pagarlos a fin del mes. Pero ya estábamos al día 15 del siguiente y no había señales de los deudores. Durante los días subsiguientes hubo un desfiladero de dolientes de los más diversos ramos comerciales. Desde artículos del hogar hasta bazares y jugueterías. Todos querían ubicar a estos simpáticos italianos que habían comprado en cantidad sin pagar un centavo, gracias a su proverbial simpatía y sólido convencimiento.

Finalmente llegó el propietario de la vivienda para hacer limpieza. Pero don Moreno no  se mostró sorprendido por la ausencia de su inquilino, ya que le había pagado por adelantado el último mes en razón de que en unos días más -le confesó- emprendería su regreso a Italia. 

Sin dudas los Murattore fueron muy meticulosos en armar todo el entramado y disimular su fuga sin dar lugar a sospechas. Acapararon muebles y ropas al por mayor, y una noche cualquiera, silenciosamente cargaron todo en un camión y partieron rumbo a Buenos Aires, donde seguramente revendieron lo adquirido y se volvieron a Italia.

Al menos no le dejaron deudas a don Galassi, que estaba muy afligido por haber sido sorprendido en su buena fe y engañado a que se sometió a tantas otras personas que creyeron en la palabra de su compatriota.

Para algunos comerciantes fue una lección, porque a la gente de Venado Tuerto les pedían hasta el grupo sanguíneo para otorgarles un módico  crédito, mientras que a los italianos honestos y trabajadores, le dieron vía libre. Fue una clara señal de que la honestidad no es privativa de ningún pueblo, como tampoco lo es la indecencia. Virtudes y plagas que pertenecen  a toda la humanidad.

La historia de los Murattore revolucionó el ambiente barrial. Tiempo después nos enteramos que el muy pícaro se había fugado de Italia rumbo a América con su joven amante, dejando atrás a esposa e hijos en plena crisis de posguerra. Pero la joven Sarda no se adaptó a estas latitudes y prefirió enfrentar los conflictos en su propia tierra, y cual una docena de bueyes, arrastró con ella a su Romeo.

Conventillos

En Venado Tuerto hubo muchos conventillos. Recuerdo uno en especial que existió en la esquina de calle Alem y Chile, con unos 50 metros de frente por 30 de fondo (aproximadamente) y que fue derrumbado antes de los años 50. En ese conventillo supo tener su peluquería un tal Cardinale que tocaba el acordeón en la vereda mientras esperaba la llegada de los clientes. Tenía  un zorro como mascota, siempre enlazado a uno de los árboles que adornaban la avenida.  También habitaba esa casa una familia de apellido Fuentes. La señora Fuentes, de presencia impecable y con un turbante al mejor estilo candombero, era famosa por hacer mazamorra, una comida típica argentina. Tengo entendido que ahí también habitó don Sokolik, cuando recién llegó de Polonia y posteriormente se trasladó con su familia a calle Uruguay al 400, donde todavía viven algunos de sus descendientes.

Cuando el edificio fue derrumbado, quedó en el centro del baldío el hueco del aljibe, que a medida que se hundía, se iba abriendo a lo ancho, permitiendo que los carros de basura y escombros pudieran ingresar para su llenado. Una vez se cayó en el pozo la yegua de don Antonio, “el marlero”, y como el pobre animal no podía salir por sus propios medios, fue necesario cavar un terraplén, enlazarle el pescuezo y tirarlo con otro caballo para que buscara trepar. Felizmente se logró el propósito.

La primera casa que se construyó en ese baldío, fue la de Don Juan Pérez, un español bajito, flaco y de caminar pausado, empleado del ferrocarril. Don Pérez era soltero y de pocas pulgas. Solíamos verlo regresar de su trabajo, cargando al hombro el cofre provisto por la empresa. Después que falleció, la casa fue habitada, además del tano Murattore, por una familia de apellido Galván, oriunda de San Gregorio. Uno de los hijos, Ramón, era algunos años mayor que yo; entró a trabajar a la fábrica Giubergia y estaba muy contento y feliz porque, además de haber conseguido un buen trabajo, fue correspondido por una chica del barrio de la que se enamoró.

Un día, al mediodía, nos llegó la noticia de su muerte repentina. Según se dijo, estaba trabajando con un taladro eléctrico, y a causa de algún desperfecto, una descarga lo fulminó. Todos sus amigos del barrio fuimos en patota hasta el Sanatorio Castelli, donde en un pequeño cuarto, yacía Ramón cual si estuviese en un profundo sueño. Fue muy triste ver cómo en pocos segundos la muerte nos arrebató a nuestro joven amigo.

Años más tarde habitaron la casa Irma y Rafael Oliver, recientemente llegados a Venado Tuerto y todavía desconocidos profesionales fotógrafos; hacia el sur,  en la esquina de Alem y Chile, construyó su casa Antonio Bonfanti (“el negro Truhan”). En esa esquina, y formando parte del edificio derrumbado, supo haber un boliche y despacho de bebidas con gran concurrencia de troperos, trabajadores rurales y estibadores. Hay que recordar que la avenida Alem era la ruta de ingreso a la ciudad antes que se trazara la ruta nacional Nº8.

Los Maderna

Otro conventillo del barrio, aunque en menor escala, fue la casa de los Maderna. Los Maderna eran dos hermanos totalmente disímiles, tanto en lo físico como en los modales. Uno era grandote, gordo y bocón, y el otro bajito, flaco y reservado. El gordo era muy peronista, mientras que el flaco se definía como Irigoyenista. Ambos eran ferroviarios y contaban con familias numerosas.  No recuerdo muy bien los nombres de  todos los  hijos, pero sí sus apodos.

A uno de los hijos del “gordo” le decían “Coco”, tal vez porque era muy alocado, pero a su vez muy querido por el vecindario; la mayor de las mujeres estaba casada con Domingo Barroso y tuvieron una familia numerosa; vivían en la esquina de Alem e Inglaterra, casa originaria de la familia Marchetti, la que años más tarde adquirió don Severino Colussi. Otra hija era conocida como “Manicha”, una chica tan hermosa como liberal, de cabellos rubios y rizados, a quien los muchachos del barrio apodaron “Marylin” por la Monroe. Ella nos decía -bromeando- que era prima de Osmar Maderna, famoso y reconocido músico que falleció en 1951 en un accidente de avión.

“Manicha” era cortejada por un empleado ferroviario de apellido Carrasco, al que ella correspondía; solían encontrarse a escondidas en la casa de los Casaponsa/Varela porque don Maderna lo sentenció con una “cantada a palos” si se atrevía con la hija. Sin dudas el hombre pretendía algo mejor para ella, porque el noviazgo no prosperó. Años más tarde Manicha formó pareja con un instalador de pisos parquet -por aquellos años el boom de la modernidad edilicia- y en unión con sus hermanos Rogelio, Carlos y Elsa, la menor, partió a Buenos Aires. Posteriormente supimos que Carlos emigró a los Estados Unidos donde falleció muy joven. Por su parte, Domingo Barroso también fue de la partida y tomó rumbo a  Buenos Aires con su esposa e hijos: Norma, Ester, Cayetano, Olga y Antonio.

Por otro lado estaban los hijos de don Pedro Maderna, el flaco, que falleció el 10/08/1970 a los 84 años. Su familia estaba compuesta por una hija, la mayor (cuyo nombre no recuerdo), que con su hermano “Perico”,  emigró a Buenos Aires junto a sus primos.  Luego le seguía “Cacho” que permaneció en la casa paterna durante muchos años hasta que se mudó a otro barrio; Víctor Hugo, más conocido como “el negro”, trabajaba en el ferrocarril y jugaba al fútbol para un club local. Con él mantuve largas conversaciones en la década del 80, y vivió en el Barrio Iturbide hasta su fallecimiento el 02 de junio de 2015 a los 82 años. El menor de los muchachos se llamaba Rodolfo, más conocido como “Rabanito”, que practicaba boxeo y solía hacer guantes con “Yiyo” Rodríguez, entenado de don Juan Rodríguez, el tropero que vivía en calle Inglaterra 650 (hoy 2 de abril). “Rabanito” también trabajaba en la empresa ferroviaria y fue trasladado a Alejo Ledesma, Provincia de Córdoba. Con la privatización y el desguace de los ferrocarriles durante el menemismo,  optó por el “retiro voluntario” y regresó a Venado Tuerto. A través de Santiago Zencich, que lo conocía de Alejo Ledesma, entró a trabajar en la Municipalidad.  Muchas veces me encontré con él y conversábamos largo y tendido sobre los viejos tiempos en el vecindario. Fue una pena que no pudo seguir practicando boxeo, porque al decir de los entendidos, pintaba muy bien y estaba en condiciones de escalar como profesional.  “Rabanito” falleció el 13 de febrero de 1995 a los 59 años.  La menor de la familia es María “la pelada”, autodidacta aficionada a la poesía. Ha escrito muchos poemas que fueron divulgados por distintos medios periodísticos locales. Actualmente (2015) vive en el Barrio San Martín.

La letrina

La casa “de los Maderna” era espaciosa, y los inquilinos solamente compartían el aljibe y la letrina (comúnmente denominado “fondo”) con su ventanita triangular, que como bien la describe el cuentista Luis Landriscina en sus variados relatos,  se construía -por razones obvias- lejos de la casa.

Un día cundió la alarma. El pozo del fondo se había llenado y la mierda ya estaba a escasos centímetros de la superficie, razón por la que no quedaba otra alternativa que cavar un segundo pozo en la parte trasera, y vaciar el original mediante un túnel  de conexión horizontal.

Las tareas fueron programadas de común acuerdo y por turnos. Una vez alcanzada  la profundidad necesaria, había que perforar un túnel que conectara ambos pozos. Para zanjar la controversia originada para esta tarea, se hizo un sorteo porque nadie quería verse envuelto en lo que supuestamente ocurriría cuando se llegara a la bosta. Contrariamente a lo que se suponía, el excremento no se deslizó con facilidad y hubo que vaciar mucha agua en el pozo lleno para que comenzara a escurrirse al nuevo.

Aparte del hedor insoportable que se expandió en las inmediaciones, la complicación vino durante el invierno, cuando se desató un temporal de lluvias. Ambos pozos se anegaron y el fondo amaneció derrumbado con la puerta mirando al cielo; entonces el propietario debió construir un nuevo retrete.

Ignoro quién era el propietario de la vivienda en ese momento, pero alrededor de 1960 la casa fue comprada por don Luis O’Brien (constructor de las sedes del Jockey Club y Club Jorge Newbery), quien luego de refaccionarla la vendió. Esta casa, con las modificaciones propias del tiempo, aún se mantiene en pie sobre calle 2 de abril al 750.

Walter

Entre los inquilinos del “Conventillo Maderna”, vivía Walter Amaya, a quien describo en un relato de mi blog: http://relatos-ficticios.blogspot.com.ar/2015/08/angeles-rebeldes.html

Este relato fue premiado y publicado por la Revista Cultural “Lea” junto a otro de la señora Alba Klein. En él trato de reflejar la personalidad de Walter, un chico aficionado a la lectura de comics, cuyas tramas retenía en su memoria y luego nos las contaba con lujo de detalles. Pero también Walter era amante de la música y el canto. Tenía predilección por los tangos. Una noche estando en un parque de diversiones donde habían levantado un escenario para espectáculos artísticos y concursos de canto y baile, sorpresivamente, y ante nuestra sorpresa, Walter subió al tablado dispuesto a desplegar sus dotes tangueros. Cuando le tocó el turno, comenzó a cantar “Por una cabeza”, tango que Gardel interpretaba con personal destreza. Tal vez  a causa de los nervios, o simplemente por distracción, a Walter se le esfumó la letra a mitad de camino, pero el animador -siempre presto a rescatar al concursante- lo sacó del paso y terminaron cantando a dúo ante el aplauso de la barra, que le pedía otra. Walter Amaya también migró a Buenos Aires, y hoy (2015) debe estar rondando los 77/78 años.

Otros conventillos

Recuerdo uno ubicado en calles Mitre y Junín (esquina frente al actual supermercado, cuyo edificio originalmente perteneció a la firma Coppi, Placci & Cia.) No sé cuándo fue demolido el conventillo, pero cada vez que huelo al fluido “Manchester”, me viene a la memoria ese caserón, por cuyo frente pasaba diariamente en mi camino al colegio de los hermanos. El olor era tan penetrante, que se olisqueaba a una cuadra de distancia. Según me han contado, en la esquina de Iturraspe y Junín también había otro conventillo que yo no recuerdo con claridad. Tal vez no haya habido en él algo que me llamara la atención o bien lo estoy confundiendo con el describo.

En la antigua casona de Santa Fe y Laprida, también se concentraron muchas familias, pero no recuerdo sus nombres, salvo un muchacho de apellido Rivas que era de mi edad y que con el correr de los años supo tener un Ford 35 de dos puertas color negro.

También en calle 25 de Mayo, entre Castelli y Saavedra (mano de números pares), a dos cuadras y media de la parroquia, se había formado otro conjunto de familias en una casa con ventanas  a la calle, sin revocar. Allí vivió Santos Únzaga, un compañero de trabajo de la Cooperativa de Electricidad, y una familia de apellido Meritano, destacada por tener una tracalada de hijos. 

Sobre calle Runciman, entre Rivadavia y Alberdi, frente al taller mecánico de los hermanos Rostán, también se formó un conventillo que tenía al frente un amplio patio, lo que separaba las viviendas de la línea de edificación y que podían verse a la distancia. 

Mano Santa

En todos los barrios siempre se encuentra una curandera; en el nuestro contábamos con doña María Salvador, que vivía en la calle Chile casi Tucumán. No conozco los pormenores de su vida, como tampoco supe nunca que haya ejercido la adivinación, o el tarot. Era una mujer muy respetada por el vecindario, y una de las curanderas  más conocidas en todo Venado Tuerto. Venía gente de lugares distantes, como sucede siempre en estos casos, cuando la información corre de boca en boca. Muchas veces la gente era derivada por los propios médicos, que con buen tino profesional, detectaban que el mal era más psíquico que físico y que una curandera influye más en algunas personas, que una decena de médicos.  No tengo en mi memoria algún hecho destacado de Doña María Salvador, a pesar de haberla conocido  personalmente; lo que sí recuerdo es haber visto mucha gente esperando para ser atendida, la mayoría mujeres con niños para la cura de empacho, el mal de ojos, la pata de cabra y otras yerbas. Ignoro si atendía a quienes andaban mal de amores o eran víctimas de brujerías o envidias. Creo que solamente se dedicaba a la cura de los trastornos básicos leves.

Rezadoras

Así como abundaban las curanderas, también estaban las “rezadoras”. Ellas tuvieron gran auge cuando pasaron a reemplazar a “las lloronas” de antaño Aquellas que eran contratadas por los familiares del finado para meter batifondo con gemidos lamentosos en los velorios. Estando en total silencio, abruptamente y sin que nadie lo esperara, comenzaban a emitir gemidos agudos que duraban un largo rato, para luego volver al silencio y a la meditación.  Cuando niño, tuve oportunidad de presenciar un caso de lloronas, y fue en un campo de San Eduardo cuando sepultaban a un niño que murió en un accidente. Según tengo entendido es una antigua costumbre hispánica y hay muchas versiones sobre su origen  popular.

En protagonismo de las “rezadoras”, en contraste con las antiguas lloronas, resultaba más llevadera porque recitaban el rosario acompañadas por todos los asistentes.

Conocí a dos mujeres que oficiaban de rezadoras: Doña Rosa Gallo de Sarrias y Petrona Eyras, ambas muy requeridas por los deudos para que dirigieran los rezos en los velorios.

El día que murió doña Margarita Ponce, llovió torrencialmente y como la calle Alem y sus adyacencias se inundaban de vereda a vereda, esa noche mi viejo asistió solo al velatorio. Cuando regresó se puso a conversar con mi vieja sobre lo acontecido. Entonces él dijo que cuando estaba por volverse a casa, comenzó el rezo del rosario, razón por la que no pudo zafar y debió esperar hasta que se terminara. Cuando mi vieja le preguntó quién dirigía el rosario, él contestó: Doña Rosa, entonces mi vieja suspiró aliviada: “¡Oh! ¡Reza los 15 misterios!” Por lo que deduje que mi madre no era muy adepta a tanto ceremonial. Ahí me enteré que las rezadoras invocaban los 15 misterios del rosario, todos seguidos y sin pausa, con muchas oraciones intermedias, lo que hacía que la oración se volviera monótona y tediosa. Tal vez sea por eso que los hombres se mandaban a la cocina y daban rienda suelta a sus lenguas contando chistes y hazañas personales, acompañados por unas cuantas vueltas de ginebra para hacer más llevadera la larga noche en vela.

Doña Margarita Ponce vivía en concubinato con don  N. Ponce, un verdulero que hacía su recorrido casa por casa con una jardinera. Ella ayudaba a mi madre en los quehaceres de la casa y recuerdo que un día, mientras planchaba, me dijo que a mí me habían dejado en la puerta de casa en una canasta. Curiosamente esa revelación comenzó a trabajarme la cabeza ¿Era hijo de mis viejos o adoptado? Interiormente y en silencio, me hacía esta pregunta una y mil veces, pero nunca me atreví a preguntárselo a mis hermanos, y mucho menos a los viejos ¡Hubiera sido un suicidio! Es increíble cómo afectan a los niños las fábulas que les inventan los mayores, sea para bromear o para evadir explicaciones.

Don Ponce la sobrevivió muchos años a Margarita, hasta que un día de diciembre, antes de las fiestas de fin de año, mientras estaba con amigos en el Club Olimpia se produjo una situación muy cómica con un personaje famoso a quien le faltaban algunos jugadores. Dicen que don Ponce se rió con tantas ganas de la grotesca situación, que su corazón no aguantó y pasó a mejor vida camino al hospital Gutiérrez. Se fue con mucha alegría.

En cuanto a doña Petrona Eyras, la segunda rezadora que conocí, y que también ayudó a mi madre en los quehaceres domésticos, la recuerdo en Relatos Orales: http://josebrendan.blogspot.com.ar/2015/09/misioneras-inglesas.html, donde la describo como la recuerdo, como muy buena persona y religiosa a su manera.

Muerte en el Rancho

En la esquina Este de Tucumán y Uruguay, vivía un matrimonio de apellido Roldán. La casa de adobe, bajita y blanqueada a la cal, era una típica vivienda de aquellos años. No sé exactamente qué edad tendría la pareja, pero para mí, que apenas tenía 5 años, eran ancianos.  

El hombre tenía cierta dificultad para caminar y no emitía palabras, sino sonidos guturales, seguramente -según se decía- a causa de un accidente que sufrió en el Matadero Municipal cuando se le cayó un cuchillo de punta en uno de sus pies que le originó una severa infección que afectó su sesera. El barrio se alborotaba cada vez que se oía a la señora Dragichevich gritar palabras en yugoeslavo que nadie entendía, pero que todos sabían que el viejito Roldán había salido desnudo a la calle y ella lo corría para cubrirlo con una sábana.

Por eso la mujer lo llevaba todos los días a la sombra de un sauce que había en el patio, donde el viejo permanecía sentado, mientras ella hacía los quehaceres domésticos; rituales que se cumplían durante toda la época estival.

La mañana del sábado 11 de enero de 1947 el sol rajaba la tierra y los Roldán brillaban por su ausencia. Esto llamó la atención al vecindario, que de inmediato se puso en movimiento. Al mediodía todo era quietud. Algunas mujeres entraban hasta la galería y llamaban a la puerta, pero no había respuesta. Entonces cundió la alarma.

En ese momento pasaba por el lugar “el Coco” Maderna, que al enterarse de la situación, se propuso entrar por su cuenta para ver qué pasaba con los viejos. Intentó abrir la puerta, pero no pudo. Entonces, haciendo uso de su fama de intrépido, fue hasta la pequeña ventana del rancho, le dio un leve golpe y se abrió el postigo. Metió la cabeza y en un segundo retrocedió. Estaba pálido; únicamente atinó a decir: “Está en la cama, muerta”. Efectivamente, la pobre mujer estaba tendida en la cama manchada de sangre, mientras el marido -según relató “el Coco”- pataleaba como una criatura desesperada en una cama contigua. Más tarde se supo que la mujer había sido herida de muerte con arma blanca.

Siempre recuerdo este episodio, y cuando hoy digo que no puedo precisar la edad de estas personas, es porque se supone que la mujer fue asesinada por un tal Sejas, tropero que solía frecuentar la casa y presuntamente su amante.


En realidad nunca se supo quién fue el asesino y mucho menos los móviles de este hecho desgraciado.

El barrio y los vecinos

El “San Martín” se caracterizó por ser un barrio obrero, donde residían familias desde el más vernáculo origen criollo hasta las más variadas corrientes migratorias. De esas comunidades, sin lugar a dudas, la italiana era la más numerosa. Después le seguía la española y luego una sarta de pequeños grupos de portugueses, irlandeses o ingleses (daba lo mismo), árabes (mal llamados turcos), algunos alemanes, varios polacos, (erróneamente catalogados rusos) y alguno que otro vasco o catalán, mas una bandada de eslavos, a quienes llamábamos austriacos. Cada cual cargando su karma de costumbres y ritos ancestrales, cuyas prácticas delataban el contraste entre ellas. Cómo no recordar a los Actis, Albizú, Andreotti, Antonelli, Arduino, Armenti, Armesto, Arregui, Baldenebro, Beluardi, Benitez, Boglione, Bonfanti (el Negro Truant), Britos, Bulaich, Bulatovich, Busandri (Juanin), Busso, Bustos, Cachari, Cañón, Capuchinelli, Carpio, Carrasco, Casaponsa, Castro (Litardo), Chavarri, Colussi, Contreras, Di Benedetto, Cerviño, Dotto (el marlero) Dragichevich, Fernández/Busso, Galaci, Gándara, Goryl, Grasso, Guerra, Hermann, Hollmann, Inochea, Iturbide, Lapenta, Leone, Leontiuk, Ludueña, Luiz, Madernas, Martín, Mastrogiovanni, Meléndez, Mira, Molla, Molina (Doña Rosa la Portera), Moia, Noberini, Origlia, Ottaviani, Pagnoni, Pássera, Pavlovic, Pejkovic, Petrizak, Pettarín, Piedrabuna, Ponce de León, Ponce, Raczkowski, Rebagliatti/Busso, Rodriguez (el tropero y “Yiyo” su entenado), Lauro Rodriguez (camionero de Molinos Fenix), Roldán, Sáez, Doña María Salvador (curandera), Sausmann, Sokolik, Taverna, Touma, Valentín, Varela, Verdún, Vaz, Villafaña, Vivas, Wallace, Don Waltón, que se caracterizaba por su buen humor que trasmitía con su risa sincera y contagiosa; y San Martín, el petiso de crines largas muy poco aseadas, que no se sacaba la gorra visera ni para dormir y vivía en un cubículo de chapas en la esquina de Chile y Alem, cerca de Don Ponce, donde luego se instaló la carnicería de Ángel Pagnoni. A fines de octubre las retamas florecían y se formaba un gran matorral que tapaba la casilla del petiso, y la gente iba a buscarlas para llevarlas al cementerio. No había florero o corona fúnebre que no tuviera retamas, un arbusto prácticamente extinguido.

Don Benito Albizú "El Vasco"

Fue don Benito Albizú, uno de los personajes típicos del barrio, más conocido como “el vasco”. Era un empedernido lector del diario “Crítica” y admirador de la Alemania Nazi. Tenía un tambor metálico sobre el que apoyaba el brasero, con una inscripción en alemán y la cruz esvástica estampada en relieve. Nunca supe dónde fue a parar ese tambor, pero es de suponer que terminó en el basural que había al final de la calle Alem, donde hoy está el Parque Industrial o a lo sumo en alguna chatarrería. Seguramente hoy tendría un valor muy apreciable.

¡El viejito era tremendo! Leía en voz alta los titulares del diario “Crítica” que daba cuenta de los avances del frente de guerra alemán, para que  mi viejo engranara, porque sabía que no simpatizaba con los nazis. Pero mi padre, en la intimidad familiar, se divertía con estas ocurrencias del vasco y nos hacía reír cuando lo imitaba hablando con el acento español. En realidad mi viejo no simpatizaba mucho con él, debido a un antiguo litigio que mantenían respecto a la línea divisoria de los terrenos, lo que fue corroborado  años más tarde cuando se vendió la parcela y el agrimensor detectó la inexactitud de la medianera.  Hubo una invasión de aproximadamente 10 centímetros por parte del terreno del vasco.

Nunca pude saber con certeza, por qué mi viejo lo llamaba “old flat”, que literalmente es algo así como “anciano chato”. Tal vez se debía a que estaba siempre sentado a la puerta de su casa, y no había acontecimiento en el barrio del que no tuviera conocimiento. Estaba al tanto de todo lo que ocurría en el vecindario y no era ajeno a las bromas.

En el barrio había un antiguo caserón (o conventillo) “de los Maderna”; habitaban allí muchas familias y por consecuencia, una tracalada de chicos de todas las edades. La mayoría de ellos tenía cabellos oscuros, pero había un chiquilín que sobresalía del resto por pelirrojo y de piel extremadamente blanca. “Seguramente  es  la travesura de algún irlandés” me decía el vasco con picardía para hacerme engranar.
  
El día de los Santos Inocentes era muy común que entre vecinos se gastaran bromas, y el vasco se prendía en el  juego. Un 28 de diciembre, se asomó por el alambrado que separaba nuestros terrenos y llamó a una de mis hermanas. Esa actitud no era habitual en él;  muy por el contrario, respetaba la intimidad de sus vecinos, y aunque estaba enterado de todo lo que acontecía en el barrio, nunca tuvo acciones ofensivas o de mal gusto. Cuando mi hermana acudió a su llamado, él dijo: “Emilia dice que vayas urgente que quiere hablar contigo” Emilia era una vecina que vivía a la vuelta de nuestra casa. Lo primero que se le ocurrió a mi hermana era que algo grave había pasado. Sin pensarlo dos veces partió rápidamente a lo de Emilia, pero cuando llegó a la casa, ésta y su madre la miraron sorprendidas por su inesperada visita a esa hora de la mañana. ¿Qué hacía Shiela tan temprano en su casa? Ahora eran ellas las que pensaban lo peor, pero cuando mi hermana les dijo que Don Benito le había dicho que... entonces se dieron cuenta que habían caído en la trampa del día de los inocentes,  y a  las tres mujeres les vino un ataque de risa.  Cuando Shiela regresaba,  lo vio al vasco agazapado detrás de un árbol disfrutando de su broma y ella simuló no haberlo visto.

Don Benito era propietario del inmueble que habitaba, y a su vez alquilaba una parte de la casa a una familia, y el salón que daba al frente, para quien quisiera explotar un negocio, en tanto él utilizaba nada más que una habitación. De esa manera, con ese pequeño capital y las entradas extras además de la jubilación,  le permitía comprar mercadería al por mayor y venderla al fiado a la gente del barrio, especialmente a quienes vivían en el “conventillo Maderna”; de esa manera hacía una pequeña diferencia que reforzaba sus ingresos. Algunas veces se desataban algunas discusiones con los clientes por el precio de la mercadería, su peso y calidad, los que, por lógica, diferían del resto de los almacenes. Cada vez que se armaban estas roscas, el circunstancial cliente se retiraba con un: “Te voy a denunciar por no pagar patente, vasco de m...”  Pero claro, esa denuncia nunca se concretaba porque a nadie le convenía. El vasco le fiaba a todo el mundo y tenía el boliche abierto sin horario, sábados, domingos y feriados, de manera que estaba siempre a disposición. Era el palenque donde ir a rascarse.

Como buen vasco, don Benito no fue la excepción: era lechero. Siempre nos contaba que una mañana muy temprano cuando comenzó el reparto, un agente de policía le prohibió cruzar las vías del ferrocarril por la calle Centenario (hoy Alem),  porque la empresa ferroviaria estaba levantando un paredón para  la construcción de la playa de maniobras. Según contaban nuestros mayores, esa noche un grupo de vecinos derribó parte del tapial en protesta por la división del pueblo, pero al día siguiente la empresa volvió a edificarlo. A la noche siguiente nuevamente fue derribado, pero esta vez  intervino la autoridad policial y puso fin a la protesta. Tiempo después se dio inicio a la edificación de la escuela, que años más tarde pasó a ser la Oficina de Vías y Obras, y con el correr de los años, tras la privatización de los ferrocarriles, el edificio pasó a propiedad Municipal y allí se instaló el Concejo Municipal de la ciudad. Hoy cuesta creer que la gente de entonces reaccionara así, pero la intervención policial fue suficiente para apaciguar los ánimos con la promesa de abrir una pasarela. Promesa que (¡Vaya novedad!) jamás se cumplió. Y una vez más la población fue defraudada, aún después de haberse nacionalizado los ferrocarriles. Recién a fines de 1963 (o principios de 1964) se inauguró el  puente peatonal bajo la administración de Don Fernando López Sauqué, aunque las tramitaciones se iniciaron con el gobierno de Don José Cibelli.

Don Benito Albizú falleció muy anciano, tenía arriba de 90 años. No recuerdo en qué fecha, pero debió ser alrededor de 1956/57.


Los Carrasco

Luis Carrasco era empleado ferroviario y alquilaba una parte de la vivienda a don Benito Albizú, “el Vasco”, donde vivía con su padre, de quien se hizo cargo cuando el anciano enviudó.

Carrasco era muy prolijo, aunque no ciertamente tenía pinta de galán ya que no gozaba de “belleza” masculina, aunque por su carácter gentil resultaba una persona muy agradable. De boca grande, piel morena y cabello lacio azabache, se pasaba largos ratos pulimentándose ante el espejo antes de salir de garufa.

Después que falleció el padre, conoció a una joven madre soltera recién llegada al barrio y se enamoró de ella. Sin mayores trámites se concubinaron y reconoció al hijo de ella dándole el apellido.  

La pareja tuvo más hijos, pero el asunto no estaba muy claro. Una noche en pleno verano se armó un gran alboroto en la casa de los Carrasco. Según versiones, Luis llegó de su trabajo antes de lo esperado. Pero el traspié fue zanjado, aunque marcó el principio del fin. Ella se fue por un lado y él trasferido por la empresa ferroviaria a San Urbano (Melincué).

Años más tarde, siendo cobrador de la luz, me encontré con la hija; estaba empleada en una casa de familia. Simplemente cambiamos algunas palabras y me quedó el recuerdo su fisonomía de reflejos tristes.  


 Don Antonio Dotto “El marlero” 

Don Antonio era entonces uno de los tantos vendedores de marlos que había en aquellos años y vivía en la esquina norte de Alem y Uruguay. Siempre se rumoreaba que guardaba dinero en unos tarritos de conserva, lo que hacía suponer que tenía mucho dinero acumulado. Sin dudas, una suposición descabellada, propia de un barrio donde todo el mundo sabía más de su vecino que de sí mismo. El hombre era un trabajador que vivía con mucha precariedad, y seguramente tendría algunos ahorros, pero no en la magnitud supuesta.  El que le administraba sus ahorros era un tendero de la zona, quien le pagaba los intereses conforme al capital invertido. Este sistema de ahorro era habitual en aquellos años de bonanza, cuando la palabra se valoraba en su real magnitud, y donde cada cual ganaba su dinero con trabajo y honestidad.

Pasear en la chata de don Antonio medio echa’o pa trás, y tirada por una yegua mansa de
Esquina deonde vivía Don Antonio, el marlero
tranco lento, era una delicia. El viejito -que seguramente era una persona joven, pero que a nosotros nos parecía un abuelo flaco y encorvado con grandes mostachos- no tenía ningún problema en llevarnos. Generalmente iba junto con mi amigo Hugo Touma, y la verdad es que la pasábamos re bien. No sé si lo ayudábamos en sus tareas, pero a él parecía no importarle mucho. Cuando terminábamos el reparto, volvíamos a la casa y con un rastrillo juntábamos los marlos dispersos, mientras que horquilla mediante, le llevábamos pasto y agua a la yegua. El agua la sacábamos del aljibe, cuyo brocal era de ladrillo y el arco de dos postes y un travesaño de quebracho, del que pendía la roldana que chillaba por falta de lubricación.

Cuando se avecinaba una tormenta, era muy común oír el ruido de las chapas con las que Don Antonio cubría la montaña de marlos. El sonido muy familiar era el anuncio inequívoco de lluvia. ¡Cuántas veces oí a mis viejos decir:“Esta noche tendremos lluvia, Don Antonio está tapando los marlos”. Y el pronóstico no fallaba. ¡Cómo disfrutábamos de esas tareas! Recuerdo que mis tíos me preguntaban (a propósito) qué es lo que quería ser cuando fuera grande y mi respuesta era contundente: “¡Marlero!” lo que provocaba la risa del conjunto familiar.

Un día tropecé con la horquilla oculta entre los marlos y me clavé una de sus puntas entre el nacimiento del segundo y tercer dedo del pie derecho. Sangrando me fui a mi casa y mi madre me preparó una palangana con té de malva donde sumergí el pié por largo rato. Luego le puso algún desinfectante y me lo vendó. Esa noche fui con mis hermanos en el auto a la estación de trenes a esperar a mi padre que regresaba de viaje. La estación era todo una fiesta, allí iba todo el pueblo a ver el arribo de los trenes de pasajeros provenientes de Buenos Aires, Rosario, Mendoza o Córdoba. Aquella noche me quedé en el auto porque tenía el pie vendado y no podía calzarme, entonces se acercó Emilia y su mamá, la hermana y madre de mi amigo Hugo, para ver cómo estaba y de paso darme una pequeña reprimenda por andar vagando con su hermano. 

El día 8 de abril de 1952 falleció don Antonio, y los chicos del barrio nos entristecimos. Creo que murió en el hospital. Sólo quedó el recuerdo de un abuelo bueno y trabajador, que vivía en total soledad. Nunca supimos si tenía familiares, pero si los tuvo, nunca los conocimos. Tal vez él tampoco.

Don Andrés Casaponsa, “El  Noi” 

 Don Andrés Casaponsa, a quién llamábamos “Don Noi”, tenía un automóvil con taxímetro. Como todo buen catalán, era de pocas pulgas, razón por la que los pibes del barrio le teníamos mucho respeto. La consigna entre los chicos era no dejarse sorprender por “el Noi” con la gomera[7],  porque seguro que se la quitaba. Es que Don Andrés tenía sus motivos. En varias oportunidades le habían arrojado proyectiles a su automóvil cuando transportaba pasajeros y eso lo ponía muy mal.

Felizmente, en la actualidad, no es frecuente ver a los chicos jugar con este elemento tan perverso. A causa de las gomeras, mucha gente perdió la visión de algún ojo o sufrió heridas graves por los proyectiles arrojados  con este peligroso “juguete”.

Don Andrés contrajo matrimonio en segundas nupcias con  Doña Ramona Varela, y de ambos matrimonios no tuvo descendencia. Sin embargo, formó una gran familia, porque era una persona de gran corazón, un filántropo. Recibía en su casa a sus paisanos catalanes y los atendía como nadie. Cuando su cuñada Brígida Varela de Arduino enviudó, él se hizo cargo de sus dos hijos: Antonio (“Tito”) y Nélida. Tito no quiso seguir estudiando la secundaria y entró a trabajar en las fundiciones de Carelli Hnos.  Nélida estudió en el Instituto Santa Rosa donde se recibió de maestra y luego ejerció la docencia. A la sazón, fue mi primera maestra. Puedo asegurar que Don Andrés amó a sus sobrinos cual si fueran sus hijos.
Don Andrés Casaponsa con
      su señora, cuñada y sobrinos

También sumó a la familia a su cuñada Agustina Cirila Varela, quien contrajo matrimonio con Lorenzo “Lencho” Arnolfo. Don Andrés actuó de padrino y la entregó ante el altar como un padre a su hija, porque así la consideraba.

Años más tarde se agregó a la familia su cuñado Francisco “Pancho” Varela, que trabajaba en el campo, y también él entró a trabajar en la fábrica Carelli Hnos. Después de algunos años se hizo cargo del coche taxímetro cuando Don Noi” se jubiló. Entre todos ellos pasé mi infancia. Las mujeres me bañaban, me cortaban el cabello, me llevaban a pasear y me trataban como a un hijo. Entraba y salía de la casa como si fuera uno más de la familia.

Todos los años para la fiesta de la vendimia la familia completa se iba a pasear a Mendoza y yo quedaba a cargo de la casa y el cuidado de los animales. Eso me hacía sentir muy importante, porque a la mañana me levantaba muy temprano y me cruzaba hasta la casa para darle de comer a las gallinas y juntar los huevos. Tenían un gallinero que a mí me parecía inmenso. Con un montón de pequeñas celdillas, una al lado de la otra,  donde anidaban las gallinas para aovar. Todos los años se blanqueaba con cal para matar los parásitos y evitar que las aves se apestaran. Me causaba gracia verlo a don Noi comerse los huevos crudos directamente del nido, les daba un pequeño golpecito para perforarlos y se los mandaba, cual si fuera una copita de ginebra.

Cuando Nélida recibió el título de maestra, comenzó a ejercer la docencia haciendo reemplazos. Posteriormente fue nombrada maestra titular en María Teresa y en muchas ocasiones, cuando regresábamos los domingos del campo de San Eduardo, nos cruzábamos con el colectivo Mercedes Benz amarillo en el que Nélida viajaba rumbo al pueblo para dar clases al día siguiente. El colectivo tomaba el camino que pasa frente a la Sociedad Rural hasta  “El Empalme”, en la esquina del boliche giraba a la izquierda, y por el camino ancho que bordea la Estancia “La Victoria”,  iba directamente a María Teresa. Durante uno o dos años previos a su nombramiento, hizo un reemplazo en la escuela rural del paraje “El Empalme”. Fue entonces cuando Don Noi compró un Chevrolet 29 con capota de lona, para que doña Ramona, que manejaba muy bien,  la transportara todos los días hasta la escuela. Yo iba de acompañante y hacíamos ese trayecto cuatro veces al día, oportunidad que aprovechábamos para juntar hinojo para los conejos a la vera del camino, paralelo a las vías del ferrocarril.

Un día traíamos de vuelta a la Inspectora Regional que había estado inspeccionando la escuela de “El Empalme”, y  cuando subimos a la ruta 8 para llevarla hasta el hospedaje donde se alojaba,  nos encontramos con la policía caminera que estaba controlando los vehículos frente a la ex estación de servicio Pastorino. Doña Ramona -que no tenía el carné encima porque nunca circulábamos por la ruta, sino que simplemente la cruzábamos- se asustó y estacionó en la banquina. El agente caminero vio la maniobra y se nos vino al humo. El tipo (enorme como un ropero) estaba vestido de uniforme color caqui, botas marrones de caña alta y una gorra militar que parecía un SA alemán. Disciplinadamente se cuadró ante las damas y pidió el carné de conducir. Obviamente, Ramona no lo tenía encima, pero enseguida entró a tallar la inspectora, y mostrando su carné del Partido Peronista, le dijo al agente quién era y que la señora había tenido la gentileza de traerla desde el campo. El policía hizo sonar los tacos, se cuadró e indicó que siguiéramos viaje. Sin dudas, el carné del partido tenía más peso que el cargo que ejercía en el ministerio de educación.

Todavía tengo en mi memoria a esa mujer morena, alta, elegante y de una gran personalidad, a la que llamaban “Pepita” y que se hospedaba en la casa donde hoy funciona el Museo Histórico Regional. Se comentaba entonces que “Pepita” era la novia de Natalio Perillo, hijo de los propietarios del inmueble. Pero el mismo Perillo cuando fue concejal, me comentó que solamente los unía una gran amistad a través de su afinidad por el teatro amateur.

A todo esto  -cuenta la historia oficial-  que en ese inmueble vivió el maestro Cayetano Alberto Silva, compositor de la “Marcha San Lorenzo”. Pero al decir de Natalio, esa versión es errónea, por cuanto el  maestro Silva habitaba en una pequeña y modesta vivienda que había en los fondos del terreno y no en la de sus padres. Con ironía comentó:“A no ser que Silva  haya sido el  amante de mi madre...”. Pero no hay que tomar esta afirmación con demasiada rigurosidad. Simplemente es un comentario.

Volviendo a mi relato, Nélida fue mi primera maestra y  junto con mis hermanas Shiela y Patricia cursé los primeros grados en su casa, hasta que nos enviaron al colegio.  Cuando nosotros íbamos a clase, había alumnas de la escuela fiscal 498 que asistían para reforzar su aprendizaje, entre ellas Edith Orlandini, una chica con síndrome de Dawn, pero para nosotros era una más entre los alumnos, no se hacía distinción, si bien todos sabíamos que su capacidad era limitada. Tal vez se debía a que todos la conocíamos y no nos era novedoso. Edith tenía una gran sensibilidad y podía entrar en melancolía o desbordar de alegría. Verla llorar me entristecía mucho, pero cuando le atacaba la risa, era imparable.

El teléfono de la casa de Nélida estaba instalado en el vestíbulo donde se dictaban las clases, y ubicado arriba de una enorme radio de pie que era la admiración de todos. Un día alguien llamó por teléfono pidiendo hablar con la inquilina de un pequeño departamento que tenía don Casaponsa en un extremo de la casa. Cuando la mujer entró al vestíbulo, tomó el tubo invertido, razón por la que no se podía entender con la persona que estaba en línea. La situación nos causó tanta gracia, que no podíamos parar de reírnos. Nélida, contagiada, se retiró a su cuarto llorando de risa. A todo esto la mujer se había puesto muy nerviosa y se recalentó con nosotros, increpándonos porque nos reíamos; inmediatamente entró doña Ramona para indicarle cómo debía tomar el tubo y se dio por terminado el asunto.

“Tito” contrajo matrimonio con Mercedes González (ambos fallecidos) y tuvieron un hijo: Roberto Arduino, actual director de la Escuela Fiscal Nº 238 José Cibelli; Nélida se casó con Eduardo San Juan (fallecido) y no tuvo descendencia.

Los Raczkowski

La familia Raczkowski vivía sobre Avda. Alem (frente a nuestra casa) y estaba compuesta por Don Juan, Doña Julia y sus hijos Elena y Miguel.

Miguel era un chico de “mucha polenta”, inteligente, y sobre todo, astuto. Le gustaba jugar al fútbol y jamás retrocedía ante cualquier contrincante que osara desafiarlo a boxear. Tenía dos aficiones: La lectura de revistas de aventuras (que compraba en cantidades) y el cine; se conocía todas las películas recién estrenadas y sus protagonistas. Íbamos al matinée del cine Verdi los domingos a la una de la tarde, donde nos juntábamos para ver películas de cowboys y otra que pasaban de a dos capítulos por domingo. De manera que nadie quería perderse la continuación y mucho menos la final; era una manera de mantenernos cautivos, casi obligados a volver al domingo siguiente. De manera que allí estábamos todos apiñados haciendo cola a los codazos para ingresar antes que empezara la función. Esas películas seguramente Miguel ya las había visto, pero él no quería quedarse solo en el barrio, quería estar en el ruido y se acoplaba al grupo para compartir la fiesta. Una vez nos dijo que había ido a ver la película “Las Minas del Rey Salomón”, y por las dudas, nos aclaró que “las minas” no eran mujeres, sino de oro.

Él estaba en todas. A los álbumes de figuritas los tenía casi completos, porque las “difíciles”, que habitualmente eran una, dos o a lo sumo tres, de algún futbolista y/o artista famoso, no eran fáciles de conseguir. Miguel se recorría los almacenes del barrio buscándolas, entre los que estaban el de don Fermín Luiz,  el de Don Kun, el de las familias Lapenta y Beluardi, y algún otro que en este momento no recuerdo. O sino también se podían comprar en la perfumería “Kleiber” (que nosotros llamábamos farmacia) y estaba en calle Falucho, entre Inglaterra y Uruguay. Recuerdo que compraba entre diez y quince paquetes y mientras caminaba los abría buscando las difíciles y desechando las repetidas, en tanto Hugo Touma y yo las íbamos juntando. Los álbumes se repartían gratuitamente, pero después había que comprar las figuritas que no eran caras, pero había que adquirir en gran cantidad porque venían muy repetidas. Miguel descartaba las de papel y se quedaba con las de cartón porque las necesitaba para jugar y a la vez canjear por las más difíciles. Aunque había algunas de las redondas que salían tan repetidas que también las tiraba porque no le servían para el canje.

No sé si existen todavía estos juegos. Pero los álbumes venían para pegar figuritas cuadradas de papel, que eran del mundo de la anatomía, fauna, flora, historia y geografía y luego estaban las de cartón, que eran redondas y abarcaba a los futbolistas, artistas y políticos de turno, que también tenían un espacio en el álbum.
Familia Raczkowski

El polaco fue uno de aquellos muchachitos que crecían de golpe, y como dije antes, no retrocedía ante las adversidades. En la esquina sur de calles Chile y Runciman, vivía una familia muy numerosa de apellido Videla. Don Videla y  sus hijos mayores eran hombres de a caballo. Todos muy buenos jinetes que manejaban los animales con gran solvencia. Uno de ellos, el mayor, tuvo la desgracia de sufrir la amputación de una oreja a causa de una mordedura de un caballo mañoso.  Para cubrirse ese parte lastimada usaba una gorra de lana ladeada, lo que no era muy elegante y encima le daba un aspecto misterioso. El muchacho era de pocas pulgas y cuando alguien le hacía una cargada respecto a su lesión -con justa razón-  se ponía cabrero. Un día como tantos, cuando nos reuníamos todos los pibes en la esquina del baldío de Alem y Uruguay, pasó Videla raudamente a todo galope -como lo hacía habitualmente- y no faltó quien le gritara “Oreja y media” (que era el apodo que le atribuyeron los vagos del barrio). ¡Para qué! Frenó el animal y se volvió como tiro hacia donde estábamos nosotros. No quedó ni uno, salvo Miguel que permaneció sentado en el suelo como si no pasara nada. Los demás nos refugiamos entre unos matorrales de un baldío ubicado entre la casa de Maderna y Colussi, lugar donde no podía entrar Videla a caballo. Desde nuestro escondite observábamos la acción. Miguel permanecía inmutable, mientras Videla le daba vueltas alrededor con el caballo brioso. Algo se decían mutuamente, y en un ratito nomás, Videla se alejó a todo galope. Según supimos luego, Videla lo desafió y amenazó con darle un rebencazo, pero Miguel le dijo que si quería pelear tenía que ser “a mano limpia”.  Videla le respondió que tenía que ir a trabajar y que con él no era el entripado, pero que le dijera a los “otros cagones” que donde los encontrara los iba a cagar a palos. Desde ese día para los más chicos, “oreja y media” era como un fantasma que rondaba permanentemente el barrio. Yo, particularmente, le tenía terror.

En otra ocasión, cuando salíamos a cazar con las tramperas, pasamos frente a un monte frutal. Las plantas estaban recargadas de duraznos pintones. La tentación fue superior a nuestras fuerzas y nos zampamos a chorear duraznos. Recuerdo que Hugo me dijo: “No alcancé ni a tocar el primero cuando se oyó el estampido”. Efectivamente, el dueño de la quinta nos estaba bichando y apenas nos vio ingresar comenzó a los escopetazos. Un tiro fue suficiente para que saliéramos rajando para meternos en el potrero lindero lleno de cardos, pero el gringo seguía ametrallando al aire. Corrimos desesperados un buen tramo y recién paramos en el otro extremo del potrero con salida a otra calle. Estábamos julepeados y con espinas hasta en el culo. A todo esto, recién nos habíamos percatado de que Miguel no estaba con nosotros. ¿Adónde se habría metido? ¿Lo habría apresado el dueño del monte? Nuestras cabezas volaban a mil en conjeturas.  Allí permanecimos un buen rato hasta que finalmente decidimos emprender nuestro regreso. Cuando avanzamos unas cuadras, lo encontramos a Miguel sentado a la sombra de un árbol. ¿Qué había pasado? El muy pícaro, antes de entrar
Casa de la familia Razkouski
al monte, se quitó la remera (de color amarillo furioso) y cuando sonaron los disparos, él salió con toda parsimonia, y una vez afuera se volvió a calzar la remera.  Actuaba con tanta habilidad, que le hizo creer al quintero que él no había entrado. Convencido de su inocencia, el gringo le regaló unos duraznos y le aconsejó que no se juntara con “esos chorros”.

Sus abuelos maternos, también de origen polaco, vivían en la ciudad de Córdoba, lugar adonde siempre iba a veranear la familia. Córdoba era inalcanzable para mí en aquellos años y me encantaba escuchar lo que nos contaba sobre las sierras y ríos cordobeses. A mí me resultaba muy difícil imaginar ese panorama, ya que fui por primera vez a Córdoba en el año 1961, a los 19 años, cuando ya me ganaba mi propio sueldo.

Más tarde Miguel se fue a trabajar a la ciudad de Rosario, y si bien tuvo contratiempos en la vida, finalmente se radicó en Córdoba, donde formó familia y tuvo descendencia.

La última vez que lo vi fue para el sepelio de su papá, que falleció el 15 de enero de 1993. Hablé con él un rato prolongado, pero ya no era el Miguel que yo conocí. Lo vi muy menudo, contrariamente al recuerdo de su físico corpulento y vital. Sentí mucha pena y hasta diría “desilusión” al verlo tan apagado, tan silencioso. Tal vez haya sido por el momento  triste que estábamos compartiendo, pero al margen de ello, me costó identificarlo a simple vista. Era otro Miguel, no era el que yo conocía. Tal vez alguna vez volvamos a encontrarnos para recordar aquellos días de nuestra adolescencia. Sin dudas, el paso de los años nos hace ver las cosas muy distintas a como las veíamos entonces.


Miguel Roque Raczkowski (q.e.p.d.) Falleció el 01/11/2011 conf. a.s.r. y b.p. - Tu esposa Teresa Perez, tus hijos Jorge, Verónica, Marcela, Soledad, Carolina y Mónica, tus hijos políticos, nietos Juan Cruz, Evelyn, Aldana, Melanie, Maira y Ludmila, tu hermana y hermanos políticos, sobrinos, y demás deudos, invitan a sus relaciones al sepelio de sus restos que se efectuará en el cementerio Parque Catedral (Crematorio) . El cortejo partirá a las 13:00 hs. C.M.: Juan B. Justo 2306 sala B. Cobertura: Caruso Compañía Argentina de Seguros S.A.. Servicio: JUAN CARUSO CASA FUNERARIA.

Aviso publicado por un periódico de la ciudad de Córdoba el 02-11-2011 13:11:42

Gastronomía

Cuando a mi viejo le preguntaban si le fue fácil acostumbrarse a la gastronomía argentina, su respuesta era espontánea: “No hay mejor comida en el mundo que el asado criollo”, lo que quería decir es que no tuvo ningún inconveniente a “adaptarse” a la gastronomía argentina. Eso sí, no dejó de comer papas hervidas con cáscara, sea cual fuera el menú. Cuando hacía un asado en casa, siempre había papas para acompañar, costumbre que heredé. Adquirió la habilidad de asador cuando trabajaba en el ferrocarril. Como todo maquinista, iba de un lado a otro y cada tanto le tocaba hacer el asado para  el grupo de compañeros alojados “en las piezas”, que en la jerga ferroviaria eran los hospedajes de los maquinistas. Para ilustrar mejor,  “El Siglo XX”, que era una fonda y hospedaje en épocas pasadas y se encontraba en la esquina Este de Sarmiento y Falucho, era un lugar reservado para los empleados ferroviarios que estaban de paso por Venado Tuerto y que debían pernoctar para luego retomar servicio al día siguiente.

No hago esta introducción para hablar de mis gustos gastronómicos y de dónde provienen, pero, como mi padre, creo que nuestro asado es el mejor plato que podemos degustar, eso sí, siempre con papas. Esto no quita que la cocina italiana, por nombrar una, sea una de las más sabrosas. Pero al margen de estas preferencias, sea cual fueren, a mí me encanta la comida árabe. Cuando se realiza la feria de las colectividades, el primer stand que visito para comer algún manjar exótico, es el de la comunidad árabe. Allí me saco el gusto de saborear las exquisitas empanadas árabes y los famosos kipes, hechos a base de carne picada, trigo burgol (grano partido pre cocido), cebolla, pimiento morrón y condimentos aromáticos que, ingeridos con un buen vino tinto, son una delicia.

Los Touma

Y hablando de comidas árabes, no puedo dejar de recordar a mis amigos y buenos vecinos: Los Touma.

La familia Touma Ascar, de origen árabe por ambas partes, estaba compuesta por don Elías, doña María y sus hijos: Emilia, Rodolfo, Alfredo y Hugo. Con Hugo éramos compinches,  él era tres o cuatro años mayor, y la garantía con la que yo contaba para permanecer en la esquina con el resto de los chicos del barrio. Si estaba Hugo, no había problemas para quedarme cuanto tiempo quisiera, pero cuando Hugo se retiraba yo debía hacer lo mismo. Era la norma y se obedecía.
Doña María con su hijo menor Hugo

Tengo en mi memoria muchos lindos recuerdos de la familia Touma. La impecabilidad de la casa y el aroma a hierbas aromáticas, albahaca, orégano, laurel, que se percibía apenas se ingresaba, además de las frutas secas (higos, ciruelos) procesados con esmero y paciencia por don Elías. El pan casero, cocido en un horno de barro, que para calentarlo se usaban plantas secas de maíz, que íbamos a buscar al campo que estaba a escasas cuadras de nuestras casas.

La actual calle Estados Unidos (hoy Pte. Perón) era el final de la zona urbana y de ahí en adelante, todo era campo. Frente a la parroquia del Perpetuo Socorro, todavía está la antigua casa que perteneció al matrimonio de Juan Tiscornia e Isabel Iturbide, hermana de don Alejandro Iturbide. Del lado izquierdo de la casa, estaba la tranquera para ingresar al campo (donde hoy está abierta la calle 3 de febrero). No sé cuál era el campo al que íbamos, solo sé que era una fiesta para nosotros porque arrastrábamos un carro liviano de ruedas altas, y lo llenábamos de rastrojo que, como dije, se utilizaba para calentar el horno de barro que los Touma tenían en el patio. 

Pan Casero

La masa se comenzaba a preparar muy temprano, con todo el proceso que requiere su elaboración. Al día siguiente, muy temprano, don Elías prendía el fuego en el horno y una vez con la  temperatura adecuada, lo limpiaba y comenzaba a meter los panecitos para su cocción. Terminada la horneada,  se abría la puerta y llegaba el momento más esperado: Ver el resultado de todo un proceso que había demandado un gran esfuerzo y que ahora se compensaba con la belleza de esos panes dorados y crocantes listos para el consumo.  Un trabajo artesano hecho con el máximo aseo y prolijidad.

Otra cosa que hacían los Touma era la mantequilla o quesillo, que procesaban con leche cuajada, además del yogur. Recuerdo que solían dejar una bolsita de tela blanca con cuajada colgada a la sombra de la parra, para que se le fuera escurriendo el suero. Con Hugo nos poníamos abajo con la boca abierta para recibir el goteo que tenía un sabor salado agradable. Un juego de chicos. El quesillo untado en el pan era riquísimo. Jamás pude conseguir uno igual o semejante a pesar de la gran variedad que se ofrecen actualmente en las góndolas.

La Tienda

Doña María abrió una tienda con el nombre de ‘Santa Elena’, símil de ‘Tienda Santa Rosa’, propiedad de su hermano Naya Chaín Ascar que supo estar en calle Iturraspe y la cortada de Azcuénaga. Posteriormente se trasladó a calle Belgrano 140. Doña María tenía un cuaderno donde hacía las anotaciones de las ventas, pero curiosamente las hacía en idioma árabe, que luego sus hijos transcribían al castellano. Me gustaba mirar ese cuaderno por la prolijidad de escribir de derecha a izquierda con rasgos cursivos.

Actualmente es una gran ventaja tener traductores en la computadora. En el traductor google escribí: ‘Cómo me gustaría volver a la infancia’ y me apareció esta escritura en árabe: كيف يرغبون في العودة إلى الطفولة, es realmente sorprendente. Si bien a las traducciones hay que hacerles los arreglos de sintaxis, no por ello deja de trasmitirnos el
Doña María con su hija Emilia
mensaje aproximado de lo que se expresa. ¡Es fascinante! Si algún lector sabe leer árabe, seguramente podrá hacer los arreglos que correspondan a este párrafo. No sé si alguno de mis amigos Touma lee y/o escribe árabe, pero sé que lo entienden. Uno de sus primos, Roberto Ascar, lo hablaba -según me lo han dicho- con bastante fluidez. Una vez me enseñó algunas palabras, entre ellas:  العزيز , que quiere decir querido/a y se pronuncia algo así como “yaja bibi”, también me enseñó otras más que ahora no recuerdo,  seguramente subidas de tono. Me encantaba oírlo hablar, porque él lo hacía con gracia y en tono festivo.

El Diario

Siempre tuve el 'berrinche' de ser periodista y/o escritor, pero nunca llegué a concretar este anhelo, aunque todavía tengo rasgos que me hacen pensar que algún día será realidad; dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Calculo que tendría unos 10 años cuando hice un pequeño diario de cuatro páginas (tamaño carta) y no sé qué boludeces escribí, pero en la contratapa inserté las propagandas de la “Tienda Santa Elena” y la del Taller de Camas de don Severino Colussi. El diario, que se llamaba algo así como “El propagandista” era escrito a mano, porque las máquinas de escribir no existían en las casas de familia, solamente había alguna que otra en los bancos o empresas importantes. La cuestión es que, terminado el diario,  lo ensobré y se lo mandé por correo postal a Alfredo Touma. No sé qué pasó después, pero todos se rieron de la ocurrencia.

Sin dudas, los Touma heredaron directamente de sus padres las tradiciones árabes. El kipe, el yogur, los higos secos, el pan casero, los condimentos en sus comidas, como el laurel, la albahaca, el pimiento morrón… Todo un cúmulo de aromas que imprime el sello originario de esta familia con la que guardábamos una buena y respetuosa amistad vecinal.

Los Colussi

La familia Colussi-Tossi revolucionó el barrio. Provenía de la localidad de Villaguay Pcia. de Entre Ríos, aunque la señora pertenecía a una familia de Venado Tuerto. Tal vez se me pase por alto algún nombre, pero recuerdo que Don Severino Colussi y su señora eran los padres de: “Tata”, Dante, Lily, Rodolfo “el Nene”, Ángel “el Titi” y Hortensia. Todos contrajeron matrimonio y tuvieron descendencia. Los mayores, “Tata” y Dante se fueron a trabajar a Buenos Aires en la década del 50.

Dante, el mayor, había hecho cursos de dibujo por correspondencia y tenía gran habilidad para hacer los trazos, por ejemplo, de un rostro. Con un palito  dibujaba sobre la tierra el rostro de una persona, una figura humana o la de un animal con gran habilidad. Los hermanos Colussi daban la nota durante las fiestas de carnaval. Todos eran habilidosos para construir máscaras y participaban activamente en los corsos. Eran muy buenos nadadores. Provenían de una provincia de ríos caudalosos y acá nosotros la única alternativa que teníamos era ir a la pileta municipal donde se llenaba de gente y no existían clases de natación como en la actualidad. Ellos nadaban con toda naturalidad y no podían concebir que yo no supiera nadar.

Don Severino era un italiano muy activo e ingenioso. Inició su actividad comercial instalando un taller de camas,  al que luego anexó la compra venta de muebles, ropa, calzados, y un local de empeños.

El agua extraída de las napas (como se comprobó 40 años más tarde) no era de buena calidad. Recuerdo que mi madre decía que el agua “cortaba” el jabón, y no se podía lavar la ropa. A causa de esto, mi viejo compró un tanque enorme de cemento (que todavía está en mi casa paterna) para juntar agua de lluvia, que luego se utilizaba para lavar la ropa. Don Colussi fue más allá. Excavó un enorme aljibe rectangular que revocó con cemento (cual si fuese una pileta de natación) y lo cubrió con una loza. Allí acumulaba agua de lluvia, que luego extraía con un bombeador.

Don Severino iba siempre adelantándose a los tiempos. Compró un pequeño lavarropas y lo montó sobre cuatro ruedas para ir a lavar la ropa a domicilio. Enganchaba el lavarropas a su bicicleta e iba adonde era requerido, dejaba el lavarropas el tiempo solicitado y luego lo iba a retirar con un costo determinado de acuerdo al tiempo de uso. Tenía mucha clientela.

Era muy querido por todos los pibes barrio, a tal punto que se prendía y jugaba al fútbol en los picaditos diarios del campito. La casa de los Colussi era nuestro lugar de encuentro favorito. Íbamos a escuchar a Mario Millán Medina por radio;  para ellos un ídolo ‘chamamecero’ que nosotros desconocíamos. Años más tarde se hizo famoso por sus canciones “El Rancho e’ la Cambicha”, “El Sargento Sapo”, “El Colimba” y otros chamamés.  También se armaban grandes mesas de truco y chinchón. Cuando el grupo era numeroso don Severino comandaba el juego de lotería (tómbola) y todos nos divertíamos.

Don Severino Colussi falleció a los 62 años el 22 de diciembre de 1969 y su esposa, María Tossi, el 8 de septiembre de 1983. Para los Colussi-Tossi este recuerdo afectuoso.

Los Baldenebro

La familia Baldenebro, a las que muchos, por desconocimiento, llamaban “Baldenegro”, estaba compuesta por cuatro mujeres y un varón. Desconozco si hubo más integrantes en la familia, yo solamente tengo registrados a cinco.

El varón se llamaba Salvador, que era una persona de naturaleza delgada, y mientras se mantuvo soltero, vivió con dos de sus 4 hermanas en la casa paterna de calle Chile esquina Tucumán. Una de ellas, cuyo nombre no recuerdo, se casó con Zabala, madre de “Tincho” que trabajó en Giubergia y luego en la Coop. de Electricidad; María, portera de la Escuela Fiscal 498, que se casó con Juan Pérez, a la sazón primo de los Baldenebro, que trabajó  de constatador de medidores  en la antigua Usina Popular de Electricidad y que se jubiló cuando se transformó en Cooperativa, lugar que luego ocupó don Ángel Teglia.  Después le seguía Palmira, que quedó soltera, y una cuarta que no vivía en Venado Tuerto, pero que cada tanto visitaba a sus hermanos, y a quien los vagos del barrio bautizamos “la siete colores”, porque tenía un saco de variados colores, muy llamativo; de ella tampoco tengo el nombre.

María, seguramente fue compañera de trabajo de doña Rosa Molina, la otra portera de la escuela. Quienes hayan concurrido a la Escuela Bernardino Rivadavia (llamada Escuela Moore, en alusión a su primer director) las recordarán, porque eran mujeres muy queridas por todos los alumnos. A doña Rosa Molina la sucedió su hija “Rosita” en la portería de la escuela.

María Baldenebro tenía facciones muy lindas, de modales suaves y delicados, además muy simpática; usaba anteojos “sin marco” (como decíamos entonces) que le daban prestancia. Todos los días al atardecer, cuando regresaba a su casa, pasaba por la esquina de Alem y Uruguay. Un día (como tantos otros) llovió torrencialmente y como de costumbre, la avenida Alem -que todavía es el canal de desagüe hacia el Parque Industrial- se inundó de vereda a vereda y nadie podía cruzar sin mojarse hasta las rodillas. Entonces mi hermano Donaldo construyó una pasarela con ladrillos y tablones que unía el puente de don Noi  Casaponsa con el nuestro y ayudaba a la gente a cruzar sin mojarse. El tema es que cuando llegó María, Donaldo la ayudó a cruzar y cuando llegó al otro lado, ella sacó unas monedas de su delantal y “pagó el peaje” ante la sorpresa de los que presenciábamos la acción y la alegría de mi hermano que se entusiasmó con el negocio.

A quien conocí muy bien fue a don Salvador que, como dije antes, era de físico muy delgado. Cuando los pibes del barrio nos reuníamos bajo el farol de la esquina, esperábamos que pasara a su regreso del Club Olimpia donde jugaba a las bochas, para  pedirle que nos mostrara sus habilidades acrobáticas, a las que él accedía sin problemas. Daba un brinco y se ponía patas para arriba y “caminaba con las manos”, además de hacer verticales y manejar los zancos con gran agilidad. Su contextura delgada y flexible, le permitía contorsionar el cuerpo a su antojo.  Años más tarde, cuando entré a trabajar a la Cooperativa de Electricidad, era el encargado de una cuadrilla de la extensión de redes. Hombre tranquilo y de pocas pulgas, cumplía con su trabajo con mucha responsabilidad. El grupo de jóvenes que habíamos entrado a trabajar a principios de 1960, nos divertíamos durante los asados que se organizaban en el sindicato de Luz y Fuerza. A los postres, Baldenebro recitaba poemas gauchescos, además de cantar algún tango o milonga; y una vez que estaba embalado, le pedíamos que cantara “El bichito del amor”, una especie de ranchera cuyo estribillo decía algo así como “el amor es un bichito,  que se mete despacito…”, lo que todos repetíamos una y mil veces después de cada estrofa cargada de picardía. ¡Era para morirse de risa!

Don Salvador Baldenebro se unió en concubinato y durante muchos años fue el “casero” del Sindicato de Luz y Fuerza, cuando el gremio adquirió la casa de Alvear 1161, propiedad de la familia Homar.  Luego comenzaron los trabajos de ampliación del edificio y don Salvador se mudó a la vivienda que se le había adjudicado en el Barrio Cibelli. Aclaro que cuando subrayo el tema del concubinato, lo hago para señalar que en esos años (60/70) se discutía mucho sobre los derechos de la concubina a percibir los servicios sociales de su compañero, conquista que se logró reglamentar en esa época. Desconozco cómo está la ley actualmente, pero en aquel entonces, el o la concubina, debía justificar su unión por un tiempo mayor a 6 años para que se le reconocieran los beneficios. Los hechos que relato tuvieron lugar en las décadas del 60/70.

Salvador Baldenebro enfermó y fue sometido a una intervención quirúrgica de la que no se repuso totalmente. Falleció el 4 de noviembre de 1974 a los 58 años de edad. Hoy no puedo creer que haya muerto tan joven, porque para mí, era un hombre muy mayor.  Está en la naturaleza humana, que los jóvenes vean a sus mayores más viejos de lo que son.

ESLAVOS

Los Dragichevich/Paulich

Continuando con mis recuerdos barriales, tengo en mi memoria a la familia Dragichevich, a quienes teníamos como originarios de la ex Yugoeslavia, actualmente dividida en seis estados y un séptimo todavía en litigio. Tengo un leve recuerdo de los padres de familia, que hablaban muy atravesado el castellano y que para nosotros, resultaba incomprensible. En cambio, sí recuerdo a sus hijos Pedro y Emilia. Pedro trabajó en la Oficina de Ingenieros del Ferrocarril Mitre y tuvo activa participación en la comunidad venadense. Actuó en diversas asociaciones civiles, y fue dirigente del MID (Movimiento de Integración y Desarrollo), después de registrar su paso por las filas de la UCRI (Unión Cívica Radical Intransigente) que lideró Arturo Frondizi. Pedro contrajo matrimonio y tuvo descendencia. De contextura delgada y de gran altura,  era de un andar lento y pausado; medía sus palabras con diplomacia, y era de aquellas personas con las que era fácil entablar conversación, porque estaba con la información al día. Su hermana Emilia era un arquetipo de simpleza y bondad. Vivían en la esquina norte de calles Uruguay y Tucumán, en una humilde vivienda protegida por grandes sauces llorones. Sus padres tenían vacas lecheras que soltaban a la vía pública y solitas si iban a pastar al campo, que estaba a escasas cuadras de nuestras casas. Me quedó grabada en la memoria el llamado que le hacía su madre a Pedro, cuando a la puesta del sol le ordenaba en voz alta que fuera a buscar las vacas para el ordeñe. Era algo así como: “¡Pietro, pinchiquitoli!” Y Pedro salía lentamente hacia el campo; al rato volvía arriando las vacas mansamente, sin ningún problema, ellas conocían el camino de regreso y eran muy mansas.

Emilia ayudaba a su mamá en las tareas de la casa y hacía también trabajos rudos junto a su padre. El interior de la casita era de una impecabilidad admirable. Todo almidonado y pulcro. Digo esto porque el piso era de tierra y la casa de adobe. Ese era el gran problema de Emilia, que no dejaba de ahorrar para poder lograr edificar su casa de material. Emilia se casó con Hugo Fina, y tuvieron descendencia.  Eran bellísimas personas.

Siempre nos reuníamos en el patio que había al costado del ranchito, a la sombra de los sauces, frente a la casa de los Roldán, donde fue asesinada la señora, y cuyos sucesos narré anteriormente. 

Un día en pleno verano estando sentados sobre la gramilla,  recibimos la triste noticia del fallecimiento de Norma Paulich. La habían operado de apendicitis en el hospital Alejandro Gutiérrez y falleció después de la intervención. Se decía entonces que era porque había bebido agua, lo que no estaba permitido.

En un diario de mi hermano Eduardo, encuentro la fecha de fallecimiento de don Juan Dragichevich: 08 de abril de 1952, el mismo día que don Antonio Dotto, “el marlero”.

Los Paulich eran de San Eduardo y eran siete hermanos: cinco mujeres: Mileve, Celia, Vera, Ana y Norma; y dos varones.: Slauko (apodado Cuso) y Drauco. Vera y Ana estudiaron en el Colegio Santa Rosa y Cuso en el Colegio Sagrado Corazón.  Drauco había instalado una carpintería a mitad de cuadra de la calle Tucumán (entre Inglaterra -hoy 2 de abril-  y Uruguay) y una vez tuvo un accidente con una sierra que le afectó una mano.

Como cité anteriormente, Norma Paulich falleció joven, y antes de internarse para la operación, me regaló una estampa religiosa, la que todavía conservo frente a mi computadora junto a otra del Sagrado Corazón y de María Teresa Ledóchowka, beata de origen polaco, de quien soy devoto desde mi adolescencia. Guardo esta estampita con gran devoción, porque siento que fue como una despedida de Norma, que debió haber sido muy niña cuando falleció. No sé en qué año fue, pero yo tendría 5 o 6 años, no más, por lo que estaríamos entre los años 1947/48.

También en esa época (más o menos 1946/47) estando reunidos en el mismo lugar, llegó Héctor Armesto Albizú para despedirse porque se iba al servicio militar. Era costumbre que los muchachos reclutados fueran a saludar a sus vecinos antes de partir y ese día camino a la estación ferroviaria, fue a darnos su adiós a los allí reunidos. Doña Manuela, la madre de Héctor, lloraba a mares, como lo hacían todas las madres cuando sus hijos partían. En aquellos tiempos  los reclutados eran enviados a zonas alejadas de su lugar de residencia, los militares hacían una especie de cruzamiento para darle más gusto al desarraigo y fortificar el carácter del individuo. Generalmente los de esta zona eran enviados a Corrientes (Goya, Curuzú Cuatiá, Monte Caseros por citar algunos) y otros a Formosa, lo que hacía que regresaran de licencia una sola vez al año hasta que fueran dados de baja definitivamente, cosa que sucedía un año y meses después, siempre dependiendo del estado anímico de los militares, que ya en aquellos tiempos andaban en asonadas “revolucionarias”, tanto como para despuntar el vicio y mantenerse activos. 

Los Pavlovic

Don Miguel Pavlovic, según la placa de su sepultura, nació el 1º/10/ 1906 y murió el 27/07/1972. Tengo entendido que perdió la vida accidentalmente en su casa de calle Alem al 646. Don Miguel estaba casado con María Asunta Di Benedetto, hija del matrimonio Di Benedetto-Di Martino que vivían en Alem 676. Los Di Benedetto, ya mayores, se mudaron a Iturraspe y Saavedra, esquina oeste, y eran los padres de uno de los integrantes de la firma Giubergia y tíos por parte de la señora, de los Di Martino, entre ellos Gaspar Di Martino (corredor de motos) y Pedro Di Martino, conocido gestor de automotores.

Asunta tenía un trastorno específico en el lenguaje, lo que hacía dificultosa su comprensión. Los Pavlovic tuvieron tres hijos: Carlos, Margarita y Alberto. Carlos era muy reservado, no era de juntarse con los muchachos del barrio. Tenía pinta de galán, muy parecido al actor  norteamericano Rock Hudson. No recuerdo bien a qué se dedicaba, pero creo que trabajaba en la construcción. La última vez que lo vi lo noté desmejorado, diría como abandonado en su persona, sé que falleció muy joven y desconozco si tuvo descendencia. 

Después de Carlos venía Margarita, también muy bella, y como tal tenía muchos pretendientes. Conozco a un señor que fue su novio formal, con visitas a la casa y salidas programadas, como se estilaba entonces. Cada vez que  me encuentro con este hombre conversamos generalidades, pero él siempre termina hablándome de su gran afecto por Margarita, a la que considera “el gran amor de su vida”. Siempre creí que no habían concretado casamiento por diferencias de nivel social y/o cultural, pero curiosamente él me confesó ella fue la que lo plantó y nunca supo por qué.  Si mal no recuerdo, Margarita se relacionó con un muchacho uruguayo y estaba muy entusiasmada con irse a vivir al país vecino, donde aparentemente residió un tiempo, pero no debió haber prosperado porque regresó a Venado unos años más tarde. Tuve oportunidad de hablar con ella en varias ocasiones cuando trabajaba en la Cooperativa de Electricidad, pero ella rehuía a toda conversación relacionada con nuestra amistad barrial. Creo que se sentía cohibida. Es que ya no era la Margarita que yo conocí, y aunque conservaba rasgos de mujer bonita, noté en ella un dejo de cansancio. Y continuando con los parecidos entre actores y actrices, Margarita era idéntica a Marilina Ross, y doña Asunta a China Zorrilla, lo que a todas luces habla de dos mujeres de facciones muy agraciadas.

Según la placa de su sepultura en el Cementerio Municipal, Margarita nació el 18 de enero de 1938 y falleció el 8 de julio de 2011. Muchos apellidos extranjeros tienen diferencias por haber sido mal registrados cuando ingresaron al país, en este caso Margarita y su mamá figuran como Paulovich, mientras que don Miguel está registrado como Pavlovic, apellido de origen Croata. Los errores de redacción en los apellidos es muy común y no tienen mayor relevancia en relación a su origen. En cambio, puede originar problemas legales sucesorios.

En cuanto a Alberto, que nació en el año 1950, pasó a formar parte de una nueva generación con la que ya no tuve contacto. No obstante nos conocemos bien y hablé con él en reiteradas oportunidades. 

A fines del año 2012, con mi señora solicitamos autorización para hacer arreglos en el panteón familiar de mi suegra, y en la administración del cementerio, y ante nuestro pedido de recomendación de un albañil responsable, nos  aconsejaron contactarnos con Miguel Paulovich. Cuando hablé con él me dijo que era hijo de Alberto y concretamos la ejecución de los arreglos que resultaron satisfactorios. Unos meses más tarde, más precisamente el 14 de agosto de 2013, una triste noticia engrosó los anales de accidentes de tránsito: Miguel Angel Paulovic de 38 años había perdido la vida en un accidente junto a Diego Claucek de 28, cuando regresaban por la ruta 8 después de un día de pesca. 

Los Bulaich

Los Bulaich eran dos hermanos: Pedro y Mario. Pedro trabajaba en el Molino Fenix y era instalador electricista de obras  en construcción en sus horarios libres. Tenía dos hijas. La menor, contrajo matrimonio con Mario Antonelli, que trabajaba en el ferrocarril, y la mayor se fue a vivir a Cañada de Gómez, por razones laborales de su marido. Don Pedro y su yerno Antonelli, fueron trasladados por sus respectivas empresas a la ciudad de Río Cuarto, donde se radicaron definitivamente.

Mario era constructor y habitó con su familia la antigua casa paterna. Contrajo matrimonio con Manuela Sancho, de Carmen, y tuvieron dos hijos: Gerardo Rubén que se casó con Livia Boccher y Ana María que se casó con Carlos Paz. Ambos tuvieron descendencia. Gerardo continúa viviendo con su familia en la misma casa otrora de sus padres y abuelos, donde tiene su herrería.

Tengo un recuerdo muy particular de los abuelos Bulaich, don Tadeo y su esposa, cuyo nombre no recuerdo, pero a los que tengo presente en mi memoria, cuando a los atardeceres se sentaban bajo la galería y conversaban en su idioma natal, que supongo era yugoeslavo o algún dialecto de la etnia Montenegrina.

Don Tadeo se había fabricado un instrumento musical a cuerda con una lata de aceite rectangular, que hacía de caja de resonancia, y cantaba canciones ancestrales acompañado por su señora con un leve murmullo. Hoy me cuestiono,  cómo es que no me interesé por preguntar, qué cantaban, qué decían esos versos cargados de añoranzas, que seguramente evocaban la lejana tierra familiar. ¿Por qué cuando uno es joven es tan tonto? ¡Cuántas cosas tendrían esos viejitos para contarnos de su tierra!

Pero lo bueno es recordar la belleza de esas personas, vestidas a la usanza antigua, al mejor estilo de la campiña Montenegrina, con sus pañuelos y sombreros cubriendo apenas sus rostros curtidos por el sol; pieles surcadas por vientos helados que delataban la dureza de sus vidas y el dolor del desarraigo.

El instrumento musical que fabricó don Tadeo, es muy probable que haya sido un “Guzla”, que tiene forma de guitarra y consta de una sola cuerda; generalmente lleva tallado en la cabeza del mástil un águila o cualquier otro animal. Se toca frotando la cuerda con un arco para animar las canciones. Es un símbolo cultural de los ilirios, habitantes de Ili. Este instrumento se puede localizar en el territorio montañoso de Bulgaria, Serbi, Montenegro, Ostdalmatien, Bosnia-Herzegovina.

Los Buratovich

En la esquina Este de calle Inglaterra (hoy 2 de abril) y Runciman, frente al actual puente peatonal, vivía la familia Buratovich. Eran varias hermanas muy buenas mozas, y una de las cuales contrajo matrimonio con uno de los hermanos Rodríguez, propietarios de la estación de servicio YPF de la antigua Terminal de Ómnibus (Moreno y 25 de Mayo).  La fecha de casamiento fue el 26 de julio de 1952. Ese día era sábado y a las 20:25 moría María Eva Duarte de Perón, la esposa del presidente de la República.

Esa noche, mientras se desarrollaba el festejo en el domicilio de la novia, recibieron la visita de un grupo de personas integrantes de la CGT y del Partido Peronista locales acompañados por un piquete policial, que los conminó a  suspender la fiesta en razón del fallecimiento de Evita.

Hoy podemos poner en duda aquella actitud, pero el hecho es verídico. Esa noche, el grupo mencionado, salió a recorrer la ciudad para clausurar todo evento que pudiera alterar el clima de recogimiento que debía guardarse por el fallecimiento de la esposa del presidente, conforme al duelo nacional decretado por el gobierno. La mención de este suceso es simplemente para marcar un hecho que hoy aparece como ‘insólito’.

ALEMANES

Los Hollmann, Anschütz/Sausmann/Hermann

En el barrio había dos familias de origen alemán de las que tengo memoria: Los hermanos Hermann; Alfredo casado con María Noberini, que no tuvieron descendencia y Juan, casado con Concepción Luiz, padres de Edith, que contrajo matrimonio con Guillermo Ciani.

La segunda era la familia Hollmann. De ellos me acuerdo de los hermanos: Ana, que contrajo matrimonio con Donadío; Marga y Pedro, que formaron parte del elenco teatral de Patricio Whitty, allá por la década del 50; y de  Adolfo, que es un año menor que yo, y por consiguiente con quien tuve mayor relación, aunque nuestro trato fue más bien a través de la capilla de la Misericordia, donde concurríamos a estudiar el catecismo para tomar la comunión. Los Hollman vivían en la calle Ayacucho, en el Barrio Tiro Federal que estaba un poco más alejado de nuestro sector. El haber nacido en 1943, le tocó en suerte llamarse Adolfo, época crítica del Tercer Raich. Según me comentó Pedro Hollmann (para mi sorpresa) había otro hermano menor que falleció, pero que yo no recuerdo. De quien me acuerdo es del padre de familia, un hombre de contextura gruesa, no muy alto, de cabellos blancos y mostachos grandes que conducía con presteza una chata con dos caballos briosos.

En la primera mitad de la década del 50, llegaron a Venado Tuerto otras familias de origen alemán. Muchas de ellas tenían conexión con la empresa Molinos Fénix SA., y se instalaron en casas que la empresa tenía destinadas para sus empleados. Entre ellas recuerdo a Rudy Raml con quien tuve amistad en épocas de juventud y los hermanos Heinneke, ambos alumnos del colegio industrial. Las viviendas (actualmente existentes) están ubicadas sobre calle Sarmiento, frente al mismo  molino. También sobre calle Sarmiento esquina 3 de febrero, frente a la fábrica Carelli Hnos., se instaló la familia Anschütz. Eran mecánicos automotores y si mal no recuerdo, eran dos hermanos. El menor compró la empresa de transporte urbano de pasajeros en sociedad con los hermanos Grande y prestaron este servicio durante muchos años, época que se caracterizó por su eficiencia, manteniendo regularmente las frecuencias del recorrido; entonces nadie (salvo raras excepciones) llegaba tarde a su trabajo.

Entre este contingente de alemanes había una familia de apellido Sausmann, que construyó un chalet a metros de la avenida Alem camino hacia el Parque Industrial, sobre calle Eterovich. El chalet llamaba la atención porque estaba en pleno campo y sobresalía por su fina construcción y estilo arquitectónico. Hoy se encuentra en pie y fue reciclado, aunque al encontrarse rodeado de viviendas ha perdido la perspectiva vistosa que solía tener.

El matrimonio Sausman tenía dos hijas: Susana y Teresa. Susana era maestra normal y ejercía el magisterio, mientras Teresa ayudaba a sus padres en los quehaceres domésticos. Tenían un autito Mercedes Benz color borravino, de aquellos que eran utilizados taxímetros  y que eran tan numerosos en Buenos Aires y Rosario, con su tradicional capota color amarillo. Susana se lo ganó en una rifa, algo muy normal en aquella época en que se hacían grandes campañas benéficas rifando automóviles. Susana era la que siempre lo manejaba. Además de ir a la escuela, llevaba a sus padres al negocio que tenían en San Martín entre 25 de Mayo y Maipú, donde posteriormente se construyó la recordada Casa Susy.  Ahí Don Sausmann tenía un despacho de bebidas, donde se juntaban parroquianos al mejor estilo de un pub actual.

Mi hermano Donaldo era muy jovencito y estaba noviando con Teresa y en muchas ocasiones los vi paraditos afuera del boliche, tomados de la mano.

El noviazgo duró hasta que mi hermano regresó del servicio militar, que lo hizo en la Marina en los años 1955/56. En la marina el servicio militar tenía una duración de dos años, pero en ese período la situación social era muy caótica, razón por la que demoraron seis meses más en darlo de baja; a su regreso debió recuperar sus estudios y recibirse dos años después que sus compañeros de promoción, a tal punto que lo tuvo de profesor a “Cachi” Ferrari, que era su compañero de clase en viejo Colegio Industrial.

Cuando finalizó sus estudios entró a trabajar en Vialidad Provincial, cuyas oficinas estaban en 25 de Mayo entre Saavedra y España, y donde originariamente funcionó el Colegio de los Hermanos del Sagrado Corazón. Después que falleció don Sausmann, la relación entre Donaldo y Teresa llegó a su fin. La familia Sausmann vendió su propiedad y se fue a vivir a Villa Ballester, Buenos Aires. He tenido noticias de que Teresa contrajo matrimonio con un marino alemán, que tampoco prosperó. Ignoro si tuvo descendencia.

Los Cerviño

Vivían en la casa ubicada en Alem e Inglaterra (hoy 2 de abril) propiedad de Ferrocarriles Argentinos. Particularmente recuerdo a cuatro de la familia Cerviño: Mario, Roberto Arturo (que falleció el 31/07/15 a los 82 años), Carmen Soledad y Angélica del Carmen. Nosotros éramos amigos de Angélica, porque teníamos más o menos la misma edad. Creo que eran cuatro las hijas, pero yo solamente tengo registrados a estos cuatro.

Cuando falleció Evita en julio de 1952, don Cerviño instaló en la ochava de la casa una gran foto de Eva Perón, muy difundida en esa época, con sus brazos en alto mirando al infinito, y la enmarcó con una corona de flores. La imagen estuvo expuesta durante mucho tiempo. Un cálido homenaje que le tributó la familia Cerviño a Evita.

Eusebio y Ramona Pedrola

Anexada a la casa de los Cerviño, había otra vivienda a la que se accedía por un portillo, que todavía está en el paredón del ferrocarril, y era el acceso a un departamento interno donde se alojaba personal ferroviario transitorio.

Allí vivió Don Eusebio y Doña Ramona Pedrola, tíos de los médicos. Eusebio falleció el 11 de febrero de 1959 y doña Ramona el 30 de marzo de 1989 (según consta en sendas placas del cementerio municipal).

Don Eusebio era un hombre delgado y canoso, de una particular prestancia. Tenía una bicicleta inglesa color verde de ruedas anchas, que era nuestra admiración y la que gustaríamos tener algún día. Ser propietario de una bicicleta así era el súmmum de nuestras aspiraciones. El matrimonio adoptó a un niño, el que años después contrajo matrimonio con una de las hijas del martillero Guillermo Cuel, cuyos descendientes aún viven a pocos metros de mi casa en el Barrio Cibelli.

Los Sedano/Villegas “Pastrana”

Roberto Cerviño era muy compinche de “Legui” Sedano, que vivía también en una casa dentro del predio del ferrocarril que todavía permanece sobre calle 2 de abril antes de llegar a 3 de febrero. Esta casa es más sencilla que las construidas por la empresa ferroviaria. Se me ocurre ahora, no porque tenga certeza,  sino por deducción, que fue edificada por la empresa cerealera instalada a la vera de las vías férreas y donde trabajaba don Sedano. 

Los Sedano eran cuatro hermanos y todos eran conocidos por sus sobrenombres. Al mayor lo conocíamos como “Pocholo”, notable domador de potros; luego le seguía “Pichón”, que
Casa ferroviaria donde habitaba la familia Cerviño
sufría del corazón y se casó con Irma Villegas, más conocida como “Irma Pastrana”, trabajadora incansable, muy servicial y mujer de pocas pulgas. Trabajaba como portera en la Escuela Fiscal Nº 496 y en horas libres en la casa de don José Cibelli, a quien apreciaba mucho. También ella era muy querida por todos. Tuvo tres hijos, Hugo Carlos Villegas, apodado “Tino”, Ismael Sedano, apodado “pelo duro” que falleció 14 de julio de 2000 a los 52 años y trabajaba en el Banco Provincia de Santa Fe; y una hija cuyo nombre desconozco. El tercero de los Sedano lo conocíamos por “Legui”, y fue con el que más tuve trato; lo recuerdo como un muchacho muy divertido  a quien le gustaba hablar en inglés. Siempre me hablaba en inglés, haciendo un mélange con el castellano y me pedía que le corrigiera su pronunciación o si utilizaba palabras incorrectas, y como siempre, quería saber cómo se decía tal o cual cosa, que eran palabras soeces y que por lógica, yo no sabía. Nunca supe dónde trabajaba, pero siempre andaba bien empilchado y se notaba que era instruido. Legui fue otro de aquellos muchachos que partieron a Buenos Aires en la década del 50. A través de su cuñada, Irma Villegas, sabía que estaba bien y que seguía en Buenos Aires. Legui nació en1934, fecha que saco por deducción por cuanto cumplió con el servicio militar obligatorio en la marina junto a mi hermano Donaldo en Río Santiago, aunque en distintas compañías.  En aquél entonces se decía que estudiaba inglés con los mormones, cuando residían en la calle Belgrano frente a la Municipalidad, una casa señorial adquirida posteriormente por las hermanas del colegio Santa Rosa. En cuanto al menor de los hermanos, no puedo recordarlo y lo menciono acá por referencia de otros vecinos, quienes hasta el momento no han sabido darme mayores detalles.

Villegas con Pelé

Legui Sedano y Roberto Cerviño (†31/07/15 a los 82 años) eran muy compinches y los encargados de organizar la fogata de San Pedro y San Pablo (29 de junio), mientras todos los pibes del barrio aportábamos ramas y elementos combustibles para la gran fiesta de la noche; ellos se encargaban de apilarla en el baldío que había entre la casa de los Maderna y el terreno de la familia Dragichevich y que se extendía desde calle Uruguay hasta Inglaterra.  En una ocasión apilaron los elementos y los empaparon con querosén y luego desde la distancia lanzaron con un arco, una fleta encendida en la punta. Legui era el arquero y Cervino el encargado de encender la estopa empapada con querosén. Increíblemente la flecha dio en la parva y se encendió la pira ante el aplauso de todo el vecindario y el alboroto de los perros que huían despavoridos. 

Cuando se inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, me recordó aquella noche de San Pedro y San Pablo, con la diferencia que Legui dio en el blanco, mientras que en Barcelona parece ser que no cayó en el pebetero, todo una polémica. 


Ismael Liborio Villegas
"El mono Pastrana"
Irma Villegas, era hermana de Ismael Liborio Villegas, “El mono Pastrana” gran jugador de fútbol. Villegas nació en Bigand, en 1932, pero se crió y vivió siempre en Venado Tuerto. Debutó en la primera de Jorge Newbery en 1949 y en 1951 se incorporó Newell’s de Rosario. En 1953 y hasta a 1955 jugó en Quilmes, al que regresó y jugó entre 1959/60, y de ahí en más pasó por distintos clubes, entre ellos el Everton de Chile en 1960.

Ismael Liborio Villegas, “el mono Pastrana” falleció el 21 de noviembre de 2008 y está sepultado en el Cementerio Municipal de Venado Tuerto. Según me han contado personas allegadas a la actividad futbolera, el ex intendente Roberto Scott le prometió que antes de dejar la intendencia le iba a hacer un monumento recordatorio.

Los Leone

Después que se mudó la familia Cerviño, ocupó esa casa la familia Leone. Don Leone era viudo y contrajo matrimonio en segundas nupcias con una de sus cuñadas. Con la primera esposa tuvo dos hijos: César y Carlos, quienes se integraron rápidamente a la muchachada del barrio y con quien compartimos fútbol y tertulias bajo el farol de la esquina. César entró a trabajar al ferrocarril y fue transferido a una localidad de Córdoba, no sé si Arias o Canals, luego de algunos años volvió a Venado Tuerto. Está casado y con familia. En cuanto a Carlos se dedicó a la electricidad automotriz y actualmente vive en el Barrio Cibelli y también está casado y con descendencia.  De ambos guardo un grato recuerdo.

Los Martín

Don Celestino Martín era jubilado ferroviario. Cuando pasaba frente a nuestra casa me regalaba algunas revistas que imprimía la empresa ferroviaria. Don Celestino era una persona muy simpática y conversadora. Vivía en la calle Estados Unidos (hoy Presidente Perón) entre Alem y Tucumán con su hijo Mariano, casado con N. Arranz, y sus dos nietos: Carlos y Tomás, “Tomasito”.

Don Mariano trabajaba en la Usina Popular de Electricidad y era una persona muy responsable. Algunos muchachos del barrio tenían la costumbre de probar puntería arrojándole proyectiles a las lámparas de iluminación que había en las esquinas y en más de una ocasión se vieron enfrentados con él, dado que cuidaba con mucho celo los bienes de la empresa y por ende, de la seguridad de la población que tenía el privilegio de contar con
Casa donde habitaba la familia Martín-Arranz
iluminación en la calle. El costo de un foco era muy alto y originaba trastornos en la comunidad cuando se rompían o se quemaban.  Más tarde los Martín se mudaron a su casa nueva en calle Chacabuco casi Almafuerte, entonces nuestros encuentros eran más esporádicos, ya no nos veíamos diariamente.

Cuando en 1960  entré a trabajar a la Cooperativa de Electricidad, me encontré con Carlos, que había ingresado un tiempo antes, atento su prioridad por ser hijo de empleado. Para ese entonces don Mariano se había jubilado.

Trabajar con Carlos fue un placer, porque además de conocernos desde la infancia,  es una persona inteligente, prolija y muy calma, además de serio y responsable, lo que no quitaba que tuviera buen sentido del humor. En la Cooperativa nos volvimos compinches nuevamente. Una vez se cometió un desfalco en la Cooperativa durante el gerenciamiento del señor Romeo Falco,  y el señor Paulini, que tenía su estudio contable en calle Mitre entre Belgrano  y San Martín, fue designado por el Consejo de Administración para auditar el caso; entonces lo convocó a Carlos para trabajar en la investigación y le sugirió hacerse de un ayudante de entre sus compañeros de trabajo. Carlos me propuso a mí y comenzamos a trabajar en el tema. Yo estaba muy a gusto y compartimos muchos momentos lindos. Muchas anécdotas divertidas tendría para contar de la época más linda de mi vida, pero esa es harina de otro costal.

Carlos contrajo matrimonio con Pilar Urtazún, española y sobrina de los hermanos Urtazún, taxistas muy conocidos y prestigiosos de Venado Tuerto. Cuando se casaron pasaron su luna de miel en España, lo que fue todo un acontecimiento. Habían viajado en barco y los familiares de Pilar los aguardaban con gran ansiedad en España. Carlos y Pilar tuvieron descendencia.

En cuanto a Tomasito, contrajo matrimonio con María Amanda Grecco y también tuvo descendencia.

Cuando los Martín se cambiaron de barrio, ocuparon la casa de calle Estados Unidos la familia Valoppi, quienes estaban entre el grupo de italianos que llegó al barrio a mediados de los años 50. Era un matrimonio mayor con un hijo de alrededor de 20 años.

Don Valoppi tenía una moto de alta cilindrada con sidecar, que era la admiración de todos. Salía a hacer las compras o simplemente a pasear con su señora; se calzaba el casquete con orejeras y antiparras, y ella con un turbante al mejor estilo década del 40/50. Claro, estaban preparados como para levantar 150 km/h, pero iban prudentemente no más de 20 o 30. Según me comentaron (yo no soy entendido en temas mecánicos) se trataba de una moto Harley Davidson de origen inglés.

Cuando trabajaba en la Cooperativa de Electricidad y hacíamos la cobranza a domicilio, en varias ocasiones me asignaron ese sector y el cobrador estable de la zona me advirtió que dejara a la familia Valoppi para el final, porque seguramente me invitarían a comer duraznos al natural o a beber un buen vino que ellos mismos elaboraban de su huerta. Hice lo que me aconsejó mi compañero y pude saborear los ricos duraznos y el buen vino casero que me ofrecieron los hospitalarios Valoppi.

Su hijo Luis, una muy bella persona de quien tengo gratos recuerdos, contrajo matrimonio con Lidia Lapenta y tuvieron descendencia. Luis falleció a los 76 años el 21 de julio de 2002 según consta en la placa de su sepultura.

Con posterioridad ocupó esa casa el matrimonio Bucci-Amigo y como los Valoppi, también ellos eran de hacer quintas y se destacaban por el orden y la prolijidad con que conservaron la antigua vivienda que todavía sigue en calle Estados Unidos (hoy Presidente Perón) con las mismas características.

Los Passera

La familia Passera fue una de las más emblemáticas del Barrio San Martín. Don José Passera y Doña María Arduino tuvieron once hijos, siete varones y cuatro mujeres. Vivían en calle Uruguay 540, y aunque el matrimonio estaba separado, siempre mantuvieron la relación familiar.

Don José vivía en calle Inglaterra (hoy 2 de abril) pegadito a la Escuela Fiscal 498; los fondos de la casa daban al Teatro Rivadavia, un enorme escenario al aire libre sobre un terreno de dimensiones similares a una cancha de basquetbol, que pertenecía a la escuela. En ese lugar se construyó el actual jardín de infantes Nº 8008.

Don José tenía un kiosco y se había hecho un taburete donde apoyaba una canasta con facturas y golosinas, y a la hora de los recreos, se arrimaba al alambrado de la escuela para venderles a  los alumnos.
Caricatura de don José Passera

Amalia “Chocha” Passera, vivía con Luis “Yiye” Noberini en la casa lindante a la nuestra. Yiye era viudo cuando se unió a Amalia y puedo decir que era una buena persona. Lamentablemente por causas de la vida, se volvió adicto al chupe. Cuando regresaba de viaje (era maquinista del ferrocarril), pasaba por el club Olimpia donde se reunía con amigos del barrio y algunos compañeros de trabajo. Entonces trago va, trago viene, se empeludaba, y cuando llegaba a su casa chocaba con el carácter fuerte de su mujer y se armaba el tole tole. Volaban vasos, platos, cubiertos y todo lo que estuviera a mano.

Una noche lluviosa Chocha llegó a nuestra casa con un corte sobre una de las cejas producto de una escaramuza matrimonial. Recuerdo verla curarse la herida frente al espejo del aparador de la cocina. Estaba muy asustada. Cuando cesó la lluvia regresó a su casa y todo volvió a la normalidad.

Sobre este hecho, mi viejo da cuenta en su libro diario: Lunes 15 de abril de 1946: “Nuestro vecino está ebrio. (Chocha cena con nosotros) Llueve. (sic)

Este hecho lo comento como una anécdota más, y si bien las reyertas matrimoniales no deben sorprendernos, tampoco debemos considerarlos como algo “normal”, y mucho menos escandalizarnos y creer que somos inmunes a estos arrebatos.

Cuando Yiye volvía de su trabajo, siempre me traía caramelos de regalo, estuviera sobrio o pasado de vueltas. Era un ritual que recuerdo con nostalgia, porque cuando yo lo veía venir, corría a su encuentro y él me tomaba de la mano, entonces caminábamos juntos hasta nuestra casa, y luego él seguía a la suya. Tal vez veía en mí al hijo que no tuvo y yo al abuelo ausente. Esto demuestra que no era de temer, al contrario, era querible.

Una vez le presentó sus quejas a mi viejo porque mis hermanos lo imitaban cuando cantaba “Blancas Margaritas”, que era su tango favorito. Los vagos lo imitaban desde dormitorio cuya ventana daba al patio vecino, y eso lo molestó. Sin dudas se sintió burlado. Está demás decir que el reto que recibieron mis hermanos fue severo. No lo imitaron nunca más, y Yiye siguió cantando “Blancas Margaritas”. Decían que lo imitaba a Ángel Vargas, a tal punto que entre los ferroviarios lo apodaron con ese nombre. Hoy, cuando leo la letra de “Margaritas”, comprendo sus sentimientos.

Como dije al inicio, quiero contar mis recuerdos tal cual los tengo registrados, y debo decir con sinceridad que Chocha tenía un carácter muy jodido. No sé por qué razón, tuvo a su cargo a una chica huérfana de apellido Ludueña que la conocíamos como “La Rulo” a quien tenía zumbando. Sentíamos mucha pena por esta chica, porque era muy maltratada. Tal vez haya sido como un desahogo de sus propias miserias, pero estas rabietas contra la chica ocasionaban grandes discusiones con Yiye, hasta que un día “la Rulo” se fue y nunca más volvimos a verla.

Las chicas Ludueña eran tres hermanas, no recuerdo a la mayor, pero sí conozco a Margarita Azucena, que fue acogida por el matrimonio Juan Hermann y María Noberini, que no tenían hijos, y a ella la ‘adoptaron’, metafóricamente, cual si fuera su propia hija. Margarita contrajo matrimonio y tiene descendencia. Estas tres chicas eran sobrinas de un señor del mismo apellido que vivía sobre calle Uruguay entre Tucumán y 3 de febrero, que trabajó hasta su jubilación en Carelli Hnos. Ludueña era soltero y una persona muy apreciada por todo el vecindario. En cuanto a “la Rulo”, tengo entendido que vive en Buenos Aires.

Para las fiestas de fin de año, la mayoría de los Passeras se reunían en la casa de Yiye y festejaban la noche buena con mucha diversión. Doña María siempre estaba presente, y por lo general venía René, que vivía en Buenos Aires y estaba de visita. El festejo duraba hasta altas horas de la madrugada donde se bebía en abundancia y se hablaba mucho entre los hermanos que generalmente se encontraban una vez al año.

Pasaron algunos años y Yiye Noberini pasó a retiro; edificó su casa en la esquina de Alem y Chile (hoy residencia del Dr. Hilario Robles Mendoza).  A partir de entonces su vida tuvo un giro de 180 grados: se serenó notablemente, dejó la bebida y se dedicó a cultivar la quinta, además de entregarse de lleno a la lectura. Se hizo tan adicto a la lectura de los diarios como si llevara años de atraso en la información. Mis viejos le pasaban los “Diarios de Sesiones del Congreso Nacional”, que a su vez nos facilitaba mi tío Eduardo que era suscriptor y a quien -igual que mi madre- le gustaba la política. Entonces con Yiye tenían motivos para comentar los encendidos discursos de los políticos como Balbín, Tróccoli, Alfredo Palacios, Américo Ghioldi, Frondizi, Zabala Ortíz, por citar algunos, que se pronunciaban en el recinto contra el oficialismo. Uno de esos discursos originó el desafuero de Ricardo Balbín (29/09/1949) que posteriormente fue detenido y encarcelado en la unidad penitenciaria de Olmos (12/03/1950 a 02/01/1951).

 Entonces Yiye tenía  opinión formada sobre la situación del país. Proveniente de un hogar socialista, no simpatizaba con el peronismo y así lo expresaba a viva voz. Era la época en que el gobierno de Perón comenzó a decaer y que finalmente originó su destitución en 1955 por sus propios camaradas. “Yiye” solía tener fuertes discusiones con un compañero de trabajo de apellido Cachari que vivía en calle Estados Unidos (hoy Presidente Perón) y Runciman, que era fanático peronista y muy camorrista. Tiraba indirectas groseras continuamente contra quienes no simpatizaban con el oficialismo, lo que originaba fogosos debates, especialmente en las colas que se hacían para conseguir querosén, en esa época una constante con los productos de primera necesidad. Cuando se anunciaba que se distribuiría el combustible en tal o cual esquina, allí nos zampábamos todos con nuestros tachos de 5 litros (no daban más que esa cantidad por persona) dispuestos a esperar horas y horas hasta que llegara el camión cisterna. Este tedio originaba airadas discusiones entre los mayores, cuyas tensiones iban en aumento, dada la escasez de azúcar, aceite y otros productos básicos que se fueron originando por medidas económicas erráticas que desataron una inflación galopante, deteriorando el poder adquisitivo de los asalariados. No obstante eso, a mi entender, no fue precisamente el tema económico el motivo del derrocamiento de Perón, sino una serie de medidas que irritaron a muchos grupos concentrados, especialmente entre los nacionalistas de las fuerzas armadas encabezadas por el ejército y avalada por la Marina.

Cuando Yiye y Chocha se instalaron en su nueva casa, dividieron la antigua vivienda en dos. Una parte (lindera a la nuestra) se la vendió a Américo Passera y la otra mitad a Enrique “Toto” Passera.

Américo contrajo matrimonio con Adina Persichini y tuvieron dos hijos: Mabel, que nació en 1948  y Roberto -para nosotros “Robertito”- que nació en 1952. Desde muy chiquita, Mabel estuvo siempre en nuestra casa, mimada por mis padres y hermanas. Cuando llegó Robertito se unió a su hermana, y ambos pasaron a ser como de nuestra familia. En la actualidad Mabel me cuenta anécdotas que yo no recuerdo y que por lo tanto no me atrevo a relatar; entre ellas me dice que mis hermanas tenían más preferencias por ella que por mí, lo que era lógico siendo Mabel 6 años menor.

En cuanto a Robertito, recuerdo que era muy ardilla como todo chico que quiere saber,  hurgar en todo, aprender. Mi madre siempre hervía agua con jabón para lavar la ropa, especialmente los overoles de mis hermanos Pedro y Eduardo que trabajaban en mecánica. La cuestión es que una fatídica mañana, el balde con agua hirviendo estaba a un costado en el piso de la cocina y por ahí pasó Robertito a toda carrera con tan mala suerte que tropezó y metió un brazo en el balde. Era invierno y tenía puesto ropa de abrigo. En un instante se armó un gran despelote. Sin perder tiempo mi viejo sacó el auto para llevarlo urgente al Sanatorio Ferroviario mientras mi madre trataba de quitarle el abrigo y una de mis hermanas  avisaba a Adina que llegó al instante y partieron a la clínica ferroviaria. Como es de suponer, el pobre chico lloraba de dolor. Lo que más lo perjudicó es que tenía puesto un abrigo, que al quitarlo agravó la lesión. No recuerdo qué pasó después, pero sé que la mano prácticamente no tenía signos de quemadura, pero sí el brazo que fue curado convenientemente y creo que no tuvo secuelas.

En aquellos años era muy común escardar la lana de los colchones, que se apelmazaban y se volvían muy duros. Por eso estaban los “colchoneros” que hacían el trabajo a domicilio y tenían trabajo permanentemente.  Entonces mi viejo -que ya estaba jubilado y no podía estar ocioso- se compró un equipo colchonero y se puso a laburar. Un día mientras almorzábamos, se oyó el grito de Robertito desde el patio y todos corrimos para ver qué pasaba. El pobre chico se puso a jugar con la escardadora (que no había sido trabada) y se agarró una de las manos. Hoy cuando lo recuerdo, me tiemblan las piernas. Por suerte lograron destrabar la máquina sin agravar las heridas y otra vez de urgencia a curar las heridas. Afortunadamente no sufrió quebradura de huesos. Enseguida mis hermanas lo curaron y para calmarlo, mi hermano Eduardo puso en marcha un Ford T que había en casa (del que me ocuparé más adelante) y lo llevó  a pasear con la mano vendada. Cuando volvieron a Robertito se le había ido el susto, aunque seguía moqueando. Por la tarde lo llevaron nuevamente al Sanatorio Ferroviario.

Américo fue trasladado por la empresa ferroviario a Mendoza en la década del 60;  años más tarde regresó a Venado y fue a vivir a la calle Cabral entre 2 de abril y Uruguay, frente a la escuela Nº 498. Posteriormente lo destinaron a la ciudad de San Francisco, en la Provincia de Córdoba, donde falleció el 17 de enero de 2001 a los 78 años. Mabel contrajo matrimonio, tiene tres hijas y dos nietas, y reside en esa ciudad cordobesa. Por su parte Robertito también contrajo matrimonio, se separó y tuvo descendencia con otras parejas. Actualmente está radicado en Gral. Roca, Río Negro.

Enrique “Toto” Passera contrajo matrimonio con Delia Calcagni y, como dije antes, vivían en la casa siguiente a la de Américo. Tuvieron dos hijas: Norma Adela y María Cristina. También ellos formaban parte de nuestro círculo de vecinos con los que compartimos nuestra niñez. Con Norma teníamos casi la misma edad, ella un poco menor, razón  por la que compartíamos nuestros juegos junto con mis hermanas Shiela y Pachi. Todas las noches, los tres, íbamos a la casa de Toto a escuchar la radio, porque él siempre sintonizaba un programa en el que se pasaba música que él llamaba “los viejitos”, canciones de moda en su juventud. Siempre recuerdo que escuchábamos a Antonio Tormo, el cantor de las cosas nuestras.  ¡Cuántas veces habremos escuchado “La canción del Linyera”, “Mis Harapos” Y debo decir que las escuchábamos con gran unción porque sus versos nos transportaban a personajes patéticos, como “El Huérfano”. Seguramente habrá habido otras canciones más alegres, pero las trágicas, las más tristes, son las que prevalecen en mi memoria.

Una noche estuvimos hasta altas horas esperando que se consumara un eclipse de luna que comenzaba cerca de la media noche. Eran acontecimientos que vivíamos con  grandes expectativas, hoy no creo que mucha gente se quede despierta hasta altas horas de la noche para ver estos fenómenos naturales.

Toto era una persona muy tranquila y trabajadora; empleado de la fábrica Carelli Hnos, en sus horas libres hacía trabajos de herrería. En una ocasión me llevó hasta la casa del ladrillero Pietrocola que vivía en calle Alem pasando la calle Estados Unidos, adonde fuimos a ver una incubadora que estaba en pleno funcionamiento y que era calentada por una lámpara a querosén. Él necesitaba ver cómo funcionaba porque estaba empecinado en fabricar una similar. Cuando vi todos los huevos en esa caja de vidrio, no podía creer que un aparato así reemplazara la postura de una gallina. Recuerdo que los huevos tenían una marca de cada lado, porque cada 24 horas había que darlos vuelta para una incubación pareja. Seguramente en la actualidad esto debe accionarse electrónicamente y con mayor precisión, pero en ese tiempo se necesitaba la asistencia del hombre para lograr un buen nivel de producción. 

También construyó en el patio un horno para hacer pan casero. Un día compró una bolsa de harina y la dejó en la galería frente a la casa, y a la mañana siguiente ya no estaba. Los amigos de lo ajeno, siempre atentos para ratear, se la llevaron silenciosamente, dejando rastros del polvo blanco desde la galería hasta la calle. Relato este hecho porque fue todo un acontecimiento ya que no eran frecuentes estos robos, a excepción de alguna que otra incursión a gallineros, donde rateros expertos entraban sigilosamente con una linterna, encandilaban a la gallina y a la bolsa sin chistar. ¡Pero hacerse de una bolsa de harina era un atraco mayor! 

Domingo José Andreotti

Tomé mi primera comunión en el año 1950 junto con Rubén Roberto Rufino (luego Concejal del PJ cuando yo era secretario) y Edgar Aznar. Nombro a estas dos personas porque son con las que -de una u otra manera- me he mantenido contactado.  Mi hermana mayor tomó su primera comunión en el Colegio Santa Rosa, donde era alumna; mi hermano Pedro en un oratorio que funcionaba en calle Uruguay entre Runciman y Juan B. Justo, y el resto en la capilla  de la Misericordia, ubicada sobre calle Urquiza detrás del Hospital Alejandro Gutiérrez.

En ese tiempo las misas se celebraban solamente por la mañana; luego del Concilio Vaticano II se comenzaron a celebrar las misas vespertinas.  En la Capilla de la Misericordia la misa se celebraba a las ocho de la mañana, entonces todos los domingos, con mis hermanas Shiela y Patricia partíamos para cumplir con el precepto dominical. Mis viejos iban a la Parroquia Inmaculada Concepción (hoy catedral) con mis hermanos mayores porque no todos cabíamos en el auto y había varias misas en distintos horarios, lo que daba la opción de levantarse con tiempo.

El recorrido lo hacíamos caminando por calle Uruguay hasta la cortada del hospital, pero yo no quería pasar frente al boliche de Andreotti ubicado frente al Club Olimpia, en la esquina de Juan B. Justo y Uruguay, y desviaba mi recorrido por calle Chile para luego reencontrarme con mis hermanas en Cabral y Uruguay para luego continuar nuestro camino. ¡Le tenía pánico al viejo! Todo se inició allá en la década del 50, cuando comenzó a escasear el azúcar y los viejos nos mandaban a recorrer los boliches donde se rumoreaba que podrían tener existencia e intentar conseguir -a lo sumo- medio kilo del vital comestible. Cuando nos enteramos que Andreotti había recibido una bolsa, allá fuimos con mi hermana Patricia y nos atendió la señora de Andreotti cuyo apellido era Sejas, una viejita obesa de carácter muy divertido.  El viejo, que tenía un vozarrón estridente, gritó desde la cocina: “¿Quién carajo anda buscando azúcar?” y de inmediato se apareció con un rebenque que hacía chasquear en el aire. Demás está decir que emprendí la retirada a toda carrera, dejando atrás a mi hermana que apareció luego en casa con un paquete de azúcar.

Pasó un tiempo y mi amigo Hugo Touma fue al boliche de Andreotti y el viejo le contó (muerto de risa) que ese día creyó que el que venía a comprar azúcar era el hijo de algún peronista del barrio, y como era sabido, Andreotti tenía una animadversión hacia todo lo peronista. Otro día me hice de coraje ante la insistencia de mi amigo Hugo y lo acompañé al boliche y todo transcurrió como si nada hubiera pasado. Desde entonces entablamos una nueva amistad y manteníamos largas charlas con el viejo, que en el trato amistoso resultó ser un tipo muy divertido.

Cuando a fines  el año 1957 se inicia la campaña electoral para la presidencia de la nación, la UCR se había dividido entre  la UCRI de Frondizi  y la UCRP que conducía Balbín. El profesor Leonardo Priotti, que militaba en el radicalismo, se alineó a la Unión Cívica Radical del Pueblo de Balbín. Entre sus alumnos habíamos varios que simpatizábamos con el radicalismo del pueblo y nos ofrecimos para colaborar en la campaña electoral, a pesar de no estar en condiciones de votar (teníamos 14/15 años). Salimos a repartir votos casa por casa, mientras “Cacho” Mártire iba con su chata Chevrolet 29 haciendo propaganda con los parlantes. En el comité, que estaba en Rivadavia y la cortada de Castelli,  me encontré con don Andreotti que estaba trabajado a brazo partido ensobrando folletos, y por supuesto, despotricando contra Frondizi y los peronistas. Para mi sorpresa, también me encontré  con don Pietrocola, el ladrillero que vivía en la zona de nuestro barrio y donde todavía deben quedar huellas de su vivienda ubicada en Av. Alem camino al Parque Industrial. También conocí a una tracalada de empleados ferroviarios que decían conocer a mi viejo. Yo, por supuesto, estaba orgulloso de los conceptos elogiosos que vertían sobre él y de estar enredado en esa maraña de discusiones políticas, que volví a revivir allá por fines del 82, cuando la UCR inicia su campaña electoral interna entre Alfonsín y De la Rúa, claro que ahora con unos cuantos años más y con otras experiencias.  
Como queda dicho, Andreotti era radical, pero sobretodo muy antiperonista. Siempre estaba en pica con su vecino Castro, que era ultra peronista y vivía en la vereda de enfrente, a la par de la carnicería de Verdún (luego de Atilio Guerra). La pica que se tenían los vecinos era muy fuerte y se decían algunas palabras subidas de tono. Para colmo de males los radicales siempre perdíamos las elecciones y ganaba el peronismo por amplio margen, lo que hacía que Andreotti se llenara de odio contra todo el mundo.

Si bien don Castro no era la Madre Teresa, mostraba ser una persona pacífica, seria y muy parca. Tenía una cicatriz a la altura de la quijada derecha, que según las malas lenguas, era producto de una reyerta bolichera. Tampoco sé por qué razón lo conocíamos por Castro, cuando en realidad su apellido era Litardo. Tal vez haya adoptado el nombre de su padrastro, si es que lo tuvo, situaciones que eran muy comunes en aquellos tiempos. Estos comentarios que hago no tienen rigor histórico, por lo tanto se deben tomar como anecdóticos, dado que simplemente tienen el propósito de agregar condimentos que nos permitan ubicarnos en la época.

Volviendo a don Andreotti, paradójicamente su nombre era Domingo, homónimo del personaje que más odiaba: Juan Domingo Perón. Cuando se desató la denominada Revolución Libertadora, no dejó de mostrar su satisfacción por el derrocamiento de Perón, lo que le valió que le embadurnaran la puerta del boliche con pintura blanca, la que nunca quitó porque  sostenía que era una muestra cabal de la intolerancia peronista. Aunque, a decir verdad, no había tolerancia en ninguna de las partes.

Cuando comencé a trabajar en la Cooperativa de Electricidad (en marzo de 1960), además de confeccionar recibos, tomaba el registro de consumo que registraban los medidores. Andreotti tenía una costumbre muy particular. Como la tarifa eléctrica era escalonada, los primeros diez Kwh iban libres de recargos, o sea sin impuestos, tarifa pura. Entonces él controlaba el medidor (que estaba adentro del negocio en una caja de vidrio) y cuando el medidor llegaba a los 10 Kwh, dejaba de consumir electricidad, no encendía ni una lámpara,  y si se aproximaba la fecha de la toma y le faltaba llegar a los 10, enchufaba un calentadorcito eléctrico para consumir rápidamente hasta el límite.  No quería regalar un solo Kw y mucho menos pasarse de los diez. Así era de meticuloso. (O de jodido)           

Domingo José Andreotti falleció el 13 de octubre de 1969 a los 67 años, según consta en la placa sepulcral en el Cementerio Municipal de Venado Tuerto. 

Simulacro

Durante el segundo gobierno de Juan Perón, se realizó un simulacro de guerra en la Argentina. No encuentro bibliografía referente al tema en internet, pero por mis cálculos, debió ser después del fallecimiento de Evita, cuando los problemas comenzaron a jaquear  al gobierno por los múltiples desajustes y el desgaste propio de un segundo mandato, además de otras yerbas que comenzaron a minar su estabilidad. El asunto es que alrededor de 1954/55 se organizó a nivel nacional un ejercicio práctico (simulacro) de defensa civil ante un imprevisto ataque aéreo. Para ello se había dispuesto que  aviones de la fuerza aérea ‘sobrevolaran’ la zona para verificar el grado de acatamiento y participación ciudadana en el adiestramiento ante un eventual ataque enemigo (enemigo al que nunca se identificó). No caben dudas que la finalidad era la distracción, como siempre sucede cuando los gobiernos tienen algún estofado que cocinar entre gallos y medianoche, inventan algún hecho sensacional para mantener en vilo a la población. En ese entonces se usaban estos procedimientos a falta de medios audiovisuales, como alguna vez lo fueron los submarinos que aparecieron en nuestras costas marítimas allá por 1957 y 1958 durante el gobierno de Arturo Frondizi.  

Pero de todas maneras, para llevar a la práctica este simulacro, se crearon comisiones a nivel nacional,  provincial y local, que finalizaban en la formación de comités barriales y encargados de manzanas. Este último cargo recayó en  don  N. Molla y don Severino Colussi.

Cumpliendo directivas del comité federal, se pintaron con cal todos los árboles, postes de luz, teléfono, cordones de veredas, entrada al hospital, entre otros lugares estratégicos, con la finalidad de que pudieran detectarse fácilmente en la oscuridad y no fueran visibles desde el aire. A partir de una determinada hora, todas las luces debían apagarse y/o cerrarse las puertas y ventanas de las casas para que no se filtrara un solo rayo de luz. Una directiva que se cumplió estrictamente.

Esa noche para nosotros fue una fiesta, porque  todos (chicos y grandes) nos juntamos en la esquina de Alem y Uruguay para seguir los alternativas del caso. Todos esperábamos la llegada de los aviones; los mayores hilaban suposiciones sobre el desarrollo del evento, mientras los más chicos escuchábamos mirando al cielo estrellado y elucubrando por dónde incursionarían los aviones, qué espacios  sobrevolarían, las  maniobras que realizarían y mil hipótesis  más que sería largo enumerar, porque cada cual tejía su propia fantasía, que no difería mucho de lo que se venía hablando reiteradamente durante meses.

A todo esto, mi viejo -que de vez en cuando tenía un dejo de maldad para divertirse- abría la puerta de la cocina, cuyo reflejo se hacía demasiado visible ante la densa oscuridad, lo que molestaba a los jefes de manzanas responsables de hacer cumplir el reglamento, que rogaban por favor que no encendieran luces exteriores o dejaran puertas o ventanas abiertas.

Los manzaneros tenían que rondar continuamente, vigilando que todo estuviera en estricto orden. En realidad los pobres viejos cumplían al pie de la letra con las directivas, tarea que habían asumido con gran responsabilidad y se sentían hombres de gran importancia, considerándose un poco dueños de la situación.

En la vereda impar de Alem, estaba la red troncal de teléfonos. Cuando tendieron la red, el plano de la calle era distinto, razón por la que, al cambiar la traza, los palos quedaron en el centro de la vereda. Más de uno se los llevó por delante aquella noche, porque no estaban blanqueados. Había uno ubicado a unos diez metros de Uruguay, que prácticamente estaba en el medio de la vereda, y  fue el que más veces se embistió. Si ese poste hablara, tendría muchas cosas para contarnos, aunque fue extraído años después.

Resumiendo. El simulacro terminó y hubo gran frustración. Fue todo un engaño. Nunca existió un plan de acción militar para efectuar la prueba. Era todo un bluf para la distracción. Nunca más se habló del tema.

Misioneros

Como anteriormente mencioné a los Misioneros de la Congregación Redentorista, no puedo menos que recordar aquella jornada que a lo largo de dos semanas se desarrolló en Venado Tuerto en el mes de mayo de 1957.

Por iniciativa del Cura Párroco Ernesto Borgarino, se programó una gran misión pastoral a cargo de la Congregación Redentorista. Los curas se distribuyeron de a dos en cada capilla y cuatro en la parroquia, dos de los cuales asistían a los demás de acuerdo a las distintas celebraciones litúrgicas y servicios religiosos que se desarrollaban capillas y oratorios (llámese: bautismos, casamientos, confesiones).

En nuestro barrio no había ni oratorio ni capilla, lo más cercano era la capilla Ntra. Sra. de la Misericordia -actualmente parroquia- donde la mayoría de los chicos del barrio tomamos nuestra primera comunión; un poco más alejado estaba el Oratorio Santa Elena sobre ruta 8 entre Pellegrini y Jorge Newbery. Los misioneros designados para nuestro sector eran los Padres Felipe Hanns y Héctor Rolando Federico. Hanns era un hombre corpulento de origen alemán, que usaba anteojos muy pequeños y era loco por la música, no importaba cuál, pero la música era su debilidad. Federico era bajito, simpático, oriundo de la ciudad de Pergamino. Según nos contaba, su padre era de extracción socialista y no estaba de acuerdo con su ingreso al seminario, un tema que lo apenaba porque amaba a su padre, a quien admiraba mucho. Estos dos curas se desplazaban en una camioneta en la que cargaban dos carpas. Una para armar la capilla de campaña, y otra para dormir ellos.

La carpa la levantaron en el baldío ubicado en la esquina de Estados Unidos (hoy Presidente Perón) y 3 de febrero, frente al almacén de Beluardi. En ese terreno, que fue donado por la señora Rosa Iturbide de Otero, se construyó un salón y posteriormente la actual Parroquia del Perpetuo Socorro, protectora de la Congregación Redentorista.

Sobre el particular, cabe señalar que la señora Rosa Iturbide de Otero, que residía en la ciudad de Rosario, se sorprendió de la transformación que los misioneros habían logrado en el barrio y decidió donar un terreno de su heredad para la construcción de una capilla.

El terreno en cuestión estaba situado en un lugar más alejado, razón por la que se procedió a su venta y con lo obtenido -más el generoso aporte de los vecinos- se compró el predio donde hoy luce la Parroquia, emblema del barrio y una prueba cabal de la obra que los sacerdotes Felipe Hanns y Héctor Rolando Federico sembraron en la década del 50.

Para atraer a la gente, los curas tenían un proyector de cine, y después de las ceremonias religiosas, exhibían películas al aire libre, momento esperado por grandes y chicos. Fue ahí donde vi por primera vez la serie norteamericana Las aventuras de Rin Tin Tin.  Muchas películas eran mudas, pero el cura Federico tenía mucha cancha y transmitía simultáneamente lo que iba sucediendo, o ponía un minué clásico de Luigi Bocherini (muy pegadizo) como música de fondo, que a nuestros oídos se adaptaba al desarrollo del film. Hoy parece insólito, pero así era entonces. 

Para medir la obra que hicieron estos misioneros, es necesario remontarnos a tiempos pasados. Hacía apenas dos años que habían depuesto al Presidente Perón y muchos de sus partidarios que eran católicos practicantes, se encontraron en una encrucijada, especialmente cuando Perón fue excomulgado por el Papa Pío XII, y aquellos que no eran practicantes, no dejaron de manifestarse abiertamente contra “los curas”.  En el peronismo hay mucha gente que profesa la religión católica y en aquellos años, empleados y obreros practicantes, sorpresivamente se encontraron con que eran discriminados dentro de la grey. Esta situación produjo un quiebre en la sociedad y consecuentemente mucha gente dejó de profesar públicamente su fe y otros lo hacían condicionadas; vale decir, ya no acompañaban a sus pastores como lo hicieron hasta entonces.  Por consiguiente, estos misioneros debieron trabajar fuerte para lograr esa reconciliación entre los católicos.

Don Natalio Perillo era un gran colaborador parroquial y militante del Partido Peronista; y si bien era un feligrés de la Parroquia Inmaculada Concepción, para esta jornada misional prefirió desplazarse hacia la carpa “atrás de la vía”. En este ámbito se sentía más cómodo que con la gente del centro que le cuestionaba su militancia peronista después de los sucesos políticos-religiosos que se desataron entre el gobierno peronista y la jerarquía eclesiástica.

En abril de 1957 el gobierno militar decidió reformar la Constitución Argentina y convocó a elecciones para conformar una Convención Constituyente. La convocatoria prohibió la participación de los peronistas, error político que con posterioridad se comprobó que desarticuló por muchos años la vida institucional argentina.

Si bien el mandato de Perón era votar en blanco, había un núcleo peronista de tendencia conservadora, que prefirió participar en la contienda a través de un partido que denominó Unión Federal Democrática Cristiana y que era liderado por Mario Amadeo, ex Ministro de RREE del gobierno del Gral. Eduardo Lonardi, cargo que ostentó brevemente por cuanto éste fue depuesto por Aramburu a los pocos meses de asumir.

Durante esos quince días misionales, se estaba desarrollando en todo el país la campaña por la constituyente. En el marco de ese cometido, visitó Venado Tuerto un grupo de dirigentes de la Unión Federal, entre ellos Mario Amadeo y su esposa, quienes con Natalio Perillo -principal referente partidario- y otros dirigentes, participaron de una celebración religiosa en la carpa de los misioneros. Debo aclarar que no hubo manifestaciones políticas partidarias, ni se mezclaron los tantos, simplemente el matrimonio junto con el grupo que lo acompañaba, participó de la celebración en razón del cumplimiento del precepto dominical.

La Congregación de los PP Redentoristas dejaba marcada su presencia en cada lugar donde misionaba, y lo hacía mediante la instalación de una cruz con la leyenda: “Salva tu Alma”. En 1957 erigieron una cruz blanca en la curva de ruta 8, camino a Córdoba, que se podía ver perfectamente. Esta cruz fue retirada después del Concilio Vaticano II. También supo haber una en la ciudad de Pergamino, sobre el puente de la antigua entrada a la ciudad (desconozco si se encuentra todavía). La que sí permanece todavía, es una cruz de mármol blanco sobre la pared del frente de la catedral de Venado Tuerto, detrás de la imagen de la Virgen María, en la que se lee: “PP REDENTORISTAS – SALVA TU ALMA – 21-III-37”, recordando la misión de aquél año.

Buscando los motivos por los que se dejó de usar el lema “Salva Tu Alma”, me encontré con esta definición sobre cada una de sus palabras. “Salva”: es considerada como una herejía por cuanto nadie puede salvarse por sí mismo. “Tu”: como un indicio de individualismo. Y “Alma” un indicio de espiritualismo que no se salva sola; se salva el hombre entero, en cuerpo y alma. Como siempre, nunca terminamos de aprender.

Volviendo a la misión de 1957, los padres Hanns y Federico se entusiasmaron con la compra de una casilla para dos personas que había fabricado Primo Percichini, cuñado de Américo Passera, y que estaba en el galpón al lado de nuestra casa. Con esa casilla se ahorrarían el engorroso armado de la carpa para ellos.

Los misioneros la compraron antes de partir a la ciudad de Rufino donde iban a misionar durante una semana. Cuando regresaban a Venado Tuerto a la altura de Tarragona, la lanza de la casilla se rompió y no pudieron seguir viaje. Con la ayuda del jefe de estación, se logró arreglar el acople y pudieron continuar viaje unas horas más tarde. Esa noche llegaron a nuestra casa junto con otros cuatro curas que venían acompañándolos en otro auto y recuerdo que  mi madre preparó una gran tallarinada donde todos comimos hasta saciarnos en medio de una gran algarabía. Entre los curas, había uno que se llamaba Inocencio, un morocho grandote y muy divertido.  Unos meses más tarde, pasaron por Venado Tuerto Felipe y Héctor Rolando en su regreso de Santiago del Estero, donde estuvieron misionando. Al día siguiente muy temprano continuaron viaje a Buenos Aires y nunca más volvimos a verlos.

 “Reynard”

En nuestra casa había siempre una bandada de bichos salvajes. Desde chimangos, teros, lechuzas y palomas, hasta un zorro.

Al zorro lo trajeron de la Estancia “Los Quirquinchos” de Roberto Cavanagh,  cuando mi hermana Eileen era la maestra de inglés de los hijos del estanciero y reconocido campeón mundial de polo junto con su primo Juan y los hermanos Alberdi.

Un día llegó a nuestra casa el señor Franco (en la ocasión mayordomo de la estancia) con una bolsa en cuyo interior llegaba, a quien mi padre bautizó “Reynard” (“Reynard el Zorro”, astuto protagonista de fábulas animales). Según nos contó nuestra hermana, los chicos de Cavanagh tenían como mascotas al resto de la camada y eran muy mansos. Sin embargo, cuando don Franco lo dejó en casa, advirtió que había recibido un mordisco feroz del bicho y que tuvo que ir al médico por temor a una infección. “Reynard” era un zorro señorial de color plateado con una cola abundante en posición horizontal. Estaba atado a una cadena larga y podía desplazarse por todo el terreno de la casa sin dificultad. Claro que un día mostró sus habilidades muy zorras y a la hora de la siesta en tardes estivales, se recostaba muy amodorrado (como si estuviera muerto) y dejaba que el mosquerío se posara en su hocico para atraer a los pollos que andaban sueltos por el patio. Las aves que no conocían sus artimañas, se acercaban inocentemente, y cuando “Reynard” las tenía a su alcance, pegaba un salto y las atrapaba con gran facilidad.  Esto se dio hasta que doña Rosa descubrió las tretas del muy sin vergüenza, y los pollos pasaron a mejor resguardo. Un día, no sé por qué circunstancias, “Reynard” zafó de su grillete y desapareció. Como todo bicho acostumbrado a comer sin sacrificios, por las noches volvía a su madriguera, hasta que se descuidó y cayó en
Eileen con el chivito
la trampa. Para apresarlo hubo que movilizar a toda la familia. Don Eduardo ideó un lazo que engarzó en la punta de una vara muy larga, y tras muchos intentos fallidos y una larga lucha con linternas y candiles, una noche logró atraparlo. El temor era que el animalito comenzara a hacer estragos en los gallineros del vecindario, razón por la que había que capturarlo y darle un destino apropiado, tal vez largándolo a campo abierto lejos de la casa, donde se desorientara y no regresara a su querencia.

A “Reynard” se lo llevó don Eugenio Douglas, más conocido como “Chicharra”, que circunstancialmente nos había comprado un chivo que le habían regalado a mi hermano Pedro cuando trabajaba en la firma Sarbach Hnos. Como el chivo pasó a ser una mascota de la casa ya no era posible carnearlo para consumo. Por esa razón fue vendido a “Chicharra” que tenía un redil en la ex calle 2 de junio.  A raíz de la transacción del chivo, “Reynald” fue incluido gratuitamente en la venta y “Chicharra” se lo llevó encantado. Fue una despedida amarga, pero nos sacamos dos problemas de encima: el chivo fue para reproducción, porque ya estaba pasado para consumo, y el pobre “Reynard” se había vuelto muy rebelde y oloroso.

Un día “Reynard” volvió a casa, pero esa historia se las voy a contar a través de una carta que le escribió mi padre a su hermano John, cuando le daba detalles del caso, originado en el año 1963, cuando “Chicharra” tuvo un encuentro con seres extraterrestres en la localidad de Monte Maíz (Provincia de Córdoba) y cuyos detalles ustedes podrán encontrar en este sitio: http://www.visionovni.com.ar/modules/news/article.php?storyid=903

Mi padre en su carta de noviembre de 1963 dice: “…Acá también se habla mucho sobre los platos voladores. Me inclinaría por creer que existen realmente y que tal vez provengan de otros planetas. Quienes dicen haberlos visto, más o menos coinciden en la descripción. Al mismo tiempo hay historias inventadas. Un camionero de acá dijo que vio uno cuando viajaba. Los diarios hicieron un gran alboroto sobre el tema, pero la gente de Venado que conoce al protagonista, lo único que atinó fue a reírse del asunto. Un periodista lo reporteó por radio y le preguntó qué había sentido al ver el objeto. “Me cagué en los pantalones” respondió, lo que es una manera de graficar el miedo o susto que siente una persona. El abuelo de este paisano era escocés y él quedó huérfano cuando era muy chico, de manera que tuvo una infancia muy golpeada. No obstante obtuvo una precaria educación… y entre otras actividades, se dedicaba a la cría de chivos. Una vez vino a casa a comprar un chivo que le habían regalado a Peter y me contó toda su historia… Un día el zorro entró a nuestra casa a toda velocidad y tras él venía “el hombre del plato volador”. Aparentemente se había cortado la cuerda con que lo tenía atado y logramos que “Reynard” ingresara al galpón seguido por su dueño que estaba dispuesto a atraparlo. Simplemente voy a describir sus movimientos, que eran cual si fuera un arquero de fútbol. Hizo varios amagues para encararlo, pero cuando lo hacía hacia la izquierda, el zorro rápidamente se desplazaba hacia la derecha, y así sucesivamente por aproximadamente media hora. Finalmente le alcancé una bolsa y logró atraparlo. El show fue mejor que el de un circo, y si alguna vez nos hemos reído a más no poder, fue ese día. No recuerdo haberme divertido tanto como esa vez…”


Correspondencia del señor José Luis Aramburu Iturrioz de España

viernes, 13 de febrero de 2015 15:55
Sr. Jose Wallace: Buenas tardes. He leido las historias que escribe del barrio San Martín de Venado Tuerto y sobre todo las que se refiere a Benito Albizu "El Vasco". Creo que Benito Albizu que emigró a Argentina con otros 2 hermanos Nicasio y Robustiano que tienen descendientes en Venado Tuerto, es el tecer hermano al que no había podido localizar. Pero con su historia, que me ha emocionado casi estoy seguro de que es él. Fué padrino de su sobrina, Eusebia Albizu, en el bautizo en la catedral de Venado Tuerto el 9.10.1898. Benito nació en Idiazabal (Pais Vasco) España el año 1875 por lo tanto coincide con los datos de 90 años que da Vd. Una pregunta. Benito no se casó, o no tuvo descendencia? Le agradecería muchísimo si me informara sobre esta cuestión. Muy agradecido por la historia de Benito Albizu y gracias anticipadas por su atención. Para terminar mi esposa se llama Maria Carmen Iraola Albizu, que sería sobrina-nieta de Benito. Gracias nuevamente. 

viernes, 13 de febrero de 2015 19:25
Hola José: Gracias por su rápida contestación. Pensaba ahora mismo mandarle otro e-mail, para presentarme, pues en el primero se me olvidó poner mi nombre.
Me llamo José Luis Aramburu Iturrioz, soy esposo de Maria Carmen Iraola Albizu, sobrina-nieta  de Benito. Aunque ahora vivimos en Mondragon, Pais Vasco -España, somos de Idiazabal, como fué Benito Albizu Yrizar. Este nació el 21.3.1875. Emigraron a Argentina 3 hermanos, Nicasio, casado con Mª.Manuela Aseguinolaza, Benito que no sabemos con quien se casó y Robustiano que se casó con Canuta Urreta. Nicasio tiene descendencia en Venado Tuerto, con el apellido Debernardi, no sabemos si tiene más y de apellido Albizu. Robustiano también tiene descendencia en Venato Tuerto de apellido Albizu. Benito solamente tuvo una hija ? Le reitero mi agradecimiento y si tiene alguna historia más de Benito "El Vasco" le agradeceré me lo cuente. Intentaré ver los dibujos que hacia su padre. Saludos de José Luis.

sábado, 14 de febrero de 2015 14:06 
Muy estimado José Brendan: Le estoy muy agradecido por toda la información que me está facilitando de la familia Albizu, sobre todo de la de Benito. Solamente nos falta saber quien era su esposa,  su nombre y apellido. Le agradezco que mencione a Ana la farmaceutica, no me he relacionado directamente con élla, pero si lo hizo un familiar por teléfono. Parece que su padre murió cuando éllaera todavía joven y dice no recordar cosas de sus ascendientes. Ella es nieta de Robustiano Albizu, hermano de Nicasio y Benito.Estoy en contacto con los descendientes de Robustiano, sobre todo con Carlos Dante Albizu de Venado Tuerto, otros descendientes viven en San Eduardo. Sus hermanas Eileeny Patricia no recuerdan a Eusebia Albizu hija de Nicasioque se casó el 21.10.1920 con Alberto Debernardi? Creo que le estoy haciendo demasiadas preguntas. Si le parece bien me contesta a las que pueda. Un fuerte abrazo, y hasta sus próximas muy agradables noticias. José Luis

domingo, 15 de febrero de 2015 14:34

Estimado Don José Brendan: En mi anterior mail se me olvido decirle, que sí que había monedas de 5 pesetas, que se les llama DURO y que mucha gente calculaba los importes en duros. Es decir en lugar de decir 100.000 Ptas.que era la moneda oficial lo normal era decir 20.000 duros. Nuestras abuelas anteriormente sacaban sus cálculos en Reales, que fué la moneda anterior a la peseta.Después vino el Euro actual. En cuanto a la esposa de Benito, decirle que hoy he hablado con Isabel Armesto (parecía muy mayor) y le he entendido que su abuela, esposa de Benito, se llamaba Emilia Imaz. Nació en Idiazabal el 5.4.1871. Todo lo que Vd. me pueda informar o contar de las cosas relacionadas con los familiares de los Albizu le quedaré sumamente agradecido. Es un placer poder comuniucarse con personas cultas y amables como Vd. Ya he visto todos los dibujos de su padre. Muy bonitos. Un fuerte abrazo. José Luis.

Hugo Alberto Touma Ascar, Norma Passera Calcagni (de Vidoret),
José, Patricia y Shiela Wallace
Mabel Passera Percichini, Cristina Passera Calcagni (de Molla)
Emilia Touma Ascar, Eileen Wallace (con Patricia Wallace en brazos)
Isabel Armesto Albizú (de Pioltino) y Shiela Wallace
Norma Passera Calcagni, Cristina Passera Calcargni (de Molla), Mabel Passera Persichini,
Patricia y Shiela Wallace
Hugo Alberto Touma Ascas

De pie: Donaldo y Pedro Wallace, Francisco Chapman, Eduardo Wallace
Sentados: Cirila Varela, Shiela Wallace (tapándose la cara) Nélida Arduino, Patricia
Wallace, José Wallace y Eileen Wallace (1945/47)
José, Patricia, Shiela,Don Eduardo, Eddijohn y Donald
con Mabel Passera
Rodolfo Touma Ascar el día de su casamiento
Doña María Ascar de Touma en el casamiento de
su hijo Rodolfo

Familia Persichini. En la foto Adina Persichini con su
esposo Américo Pássera
José Wallace con Robertito Passera frente a la casa de Alem 545
Robertito Passera
Roberto Luis Passera (1959/60)

Roberto Passera me vino a visitar el 13 de abril de 2013, hacía 40 años q
no nos veíamos. De niño vivió siempre en casa rodeado de mis viejos y
hermanos mayores. Contaré anécdotas de "Robertito"
Eileen y Patricia Wallace y Emilia y Hugo Touma Ascar
Nélida Arduino con sus tías Ramona y Agustina Cirila Varela
Antonio "Tito" Arduino, Donaldo y Pedro Wallace
Cristina Passera Calcagni (de Molla), Mabel Passera Persichini (residente en
San Francisco, Cba.) y Norma Estela Passera (de Vidoret)
Américo Passera y Adina Persichini en el
50 aniversario de su casamiento (San Francisco, Córdoba)
Patricia Wallace, Norma Adela Passera Calcagni, José Wallace, Cristina
Passera Calcagni (en brazos de Shiela Wallace) y Mabel
Passera Persichini (en cochecito)
José, Shiela y Patricia con Mabel Passera
Parados: Alfredo Touma, Walter Amaya, Rodolfo Colussi (Nene), Ángel Colussi (Titi), Miguel Raczkowski
En cuclillas: José Wallace y dos chicos del conventillo "Maderna" (no se recuerda sus nombres)
Agustina Cirila Varela, Eileen Wallace y Nélida Arduino

Agustina Cirila Varela, Nélida Arduino y Eileen Wallace
La Señorita Dora Iturbide con los niños Eileen, Pedro y Eduardo Wallace
Mabel Passera Persichini

Un lindo recuerdo de la casa de la familia de Don Juan y Doña Julia Razcowski.
En la foto se puede distinguir a Julián Contreras, la señora del fotógrafo Eduardo       Valcovik(Foto Edo) la señora mamá de doña Julia, más adelante el Cura Párroco Nicolás Grenon y don Eduardo Wallace

Sentadas: Elena, hermanas Barotti (Irene y NN), hermanas Wallace (Patricia y Shiela). Esta fotografía se tomó el día que bendijeron la casa de la familia Razcowski


El Padre Héctor Rolando Federico con fieles
del Barrio San Martín
El Padre Héctor Rolando Federico
Con un grupo de colaboradores del barrio
Entre ellos, véase agachado Víctor Valentín
El Padre Felipe Hanns con colaboradores del
Barrio San Martín
El P.Federico con fieles del barrio
El P. Felipe Hanns con feligreses del barrio
Estructura de la carpa-capilla
Hoy en ese lugar se levanta la
Parroquia del Perpetuo Socorro
Actual Parroquia del Perpetuo Socorro edificada donde
los PP Hanns y Federico misionaron en 1957
Cierre Misión de los PP Redentoristas - Mayo 1957
Lleva el estandarte Miguel Jové, junto a él los Padres
Felipe Hanns y Héctor Rolando Federico
Carpa levantada en EEUU y 3 de febrero
por los PP Redentoristas Felipe Hanns y Héctor Rolando Federico
Hoy se encuentra en ese lugar la Parroquia de Ntra. Sra. del Pptuo. Socorro
"SALVA TU ALMA" en una gran cruz levantada en
25 de Mayo y Casey para el cierre de la Misión
de los PP Redentoristas Mayo de 1957
Antonio Arduino  "Tito"
Agustina Varela y Nélida Arduino 
Antonio Arduino "Tito" (arriba del Ford T)
con Donaldo Wallace (se van de pintada)

Antonio Arduino, Miguel de Juan, Pedro Wallace, Fracnisco
"Pancho" Varela y Eduardo Wallace. Atrás arriba del FT Donaldo Wallace

Arriba del Ford T Agustina Cirila Varela
Francisco Varela le da manija - Miguel de Juan revisa el motor
Eduardo Wallace arregla la rueda, Pedro Wallace revisa abajo del FT
y Donaldo Wallace infla la goma trasera

Los Wallace: Pedro, Eileen, Patricia, José y Shiela
Otra vista de la amplia Avenida Alem y su alameda
Elenco de teatro dirigidos por
Patricio Whitty
Frente al salón del Parque Español entre otros Don Andrés
Casaponsa (portafolios en mano) y más a la derecha
su jovencito sobrino Antonio "Tito" Arduino

Elena Raczowski, María Ester Barroso, Shiela Wallace, Norma Barroso, Margarita Paulovic
Patricia Wallace, José Wallace, Olga Barroso y Miguel Raczkowski